La ley de la gravedad

Dos años después de la épica mayoría de los veinte empezamos a asumir la realidad. Ya era hora. El alcalde, cuyo mandato ha sobrepasado el ecuador, ha querido celebrar su segundo aniversario pidiendo más paciencia al respetable –que empieza a cansarse– y simulando dar un golpe en la mesa del urbanismo sevillano al anunciar una “actualización” del Plan General. No parece propio de alguien que lleva tanto tiempo en la Alcaldía incurrir en contradicciones de este tenor. El regidor hispalense se mueve como un péndulo: de un extremo al contrario sin dar señales de saber situarse en algún punto intermedio. Mala cosa.

La ciudad abrevadero

La retórica de la estampa sevillana identifica la felicidad en la tierra con la imagen de alguien sentado en un velador, con los amigos, una cerveza en la mano y, al fondo, el perfil de la Giralda sobre un cielo profundamente azul. De tal metáfora ha hecho tradición la estirpe –menor– de los costumbristas hispalenses, aquellos que se creen poetas a pesar de no haber escrito más que de cofradías y anuncios patrocinados de cerveza. Pues bien: todo esto es mentira. O mejor dicho: es una media verdad donde el exceso, tan sevillano, tiene una de sus más sólidas embajadas.

El dragado, game over

Balón al suelo. El Gobierno central, que no es precisamente un repentino converso al ecologismo ni un furibundo amante de la sostenibilidad –véase la reforma de la ley de Costas–, enfrió el viernes el inusitado entusiasmo del lobby sevillano que defiende que Sevilla debe convertirse en Algeciras para contar con algún modelo económico industrial. Cañete, cuyo apellido se presta a un sinfín de pareados que vamos a obviar, explotó el globo que lleva inflando meses, si no años, el extraño consorcio de intereses que forman sindicatos, empresarios, el Puerto de Sevilla y el alcalde Zoido (Juan Ignacio), incluidos sus comisionistas en un Plan Estratégico que todavía nadie conoce.

Régimen de protocolo

El episodio tendría su punto indígena si tras la última EPA Sevilla no se estuviera desangrando por los cuatro costados. No es el caso. Al PP, ganador de las últimas elecciones autonómicas, le ha explotado un problema en el Ayuntamiento de Tomares, gobernado por el número dos de los populares en Andalucía, José Luis Sanz. Mejor dicho: el problema, que en principio se circunscribía al ámbito local, ha pasado a ser materia de política autonómica porque el regidor tomareño ha sido acusado de gastar fondos municipales en comidas, mariscos y puros por un concejal andalucista que hasta hace poco era su socio de gobierno en este municipio.