La nube perfecta

Cuida tu huerto [Voltaire] Sevilla nunca ha tenido una Cuesta de Moyano ni esos quioscos, de gastada madera y húmedo metal verde, que todavía resisten en las riberas del Sena, donde uno aún puede encontrar grabados decimonónicos y libros de lance antiguo, milenario, casi pretérito. Siempre hemos sido una ciudad pobre, pese a las leyendas y a las ficciones que ciertos sectores sociales se han montado sobre sí mismos. Y, como bien dijera Pla, los pobres sólo podemos ser individualistas. Por eso el amor a los libros viejos y antiguos es un vicio privado y, en general, íntimo. Para algunos incluso vergonzante. Para otros, aristocrático.

Sevilla se mueve

El término no es excesivamente afortunado. Pero es el que hay. Un mero calco del inglés. Disrupción: Dícese del proceso mediante el cual algo irrumpe de forma brusca en un determinado contexto produciendo un corte radical. En español existe como adjetivo pero aún no ha sido validado por la Academia como sustantivo. Es el mantra de moda en el mundo de los negocios tecnológicos, en los que algunos creen atisbar uno de los posibles rostros de la modernidad, aunque sus facciones no estén todavía excesivamente definidas.

Ecuménico a destiempo

Probablemente quedará reseñado en los libros (menores) de historia local. Dos años largos después de su rotunda victoria en las urnas, Zoido (Juan Ignacio) parece haberse dado por fin cuenta –laus deo– de que gobernar Sevilla con cierta altura de miras, en vez de con el habitual sectarismo sociológico, puede ser no sólo mucho más útil para todos, sino bastante más fructífero para él mismo si lo que pretende es volver a ganar las elecciones con alguna garantía de no hacer el ridículo. Acaso sea ya demasiado tarde, pero el regidor ha sorprendido esta semana en su discurso de inauguración del X Festival de Cine con una intervención de corte ecuménico en la que reivindicó la vigencia del certamen cinematográfico […]

El Correo que siempre has querido

Yo tenía diecinueve años, que, según Leonard Cohen, es la edad de los poetas aunque no hayan escrito todavía ni un maldito verso. Venía con las manos llenas de comas que no sabía dónde poner y una cabeza revuelta con los sueños que el tiempo ha ido desbaratando. Llegué solo. Me paré ante la puerta. Carmen me hizo pasar: “Sigue hasta el final, niño, que es donde está la redacción”. Dejé atrás el vestíbulo, enfilé el pasillo (breve) e irrumpí, con más inconsciencia que certeza, en una sala amplia y vacía, sujeta por columnas llenas de recortes y almanaques, donde un par de tipos se lanzaban papeles desde los escritorios. Tiraban a dar. Uno de ellos se había hecho un […]