Cristaleras de Westminster

Wilde, la eternidad y el rango sagrado que otorga una cristalera. En esta singular disquisición bizantina se han pasado las últimas semanas los miembros más acreditados y circunspectos de la hierática y educada sociedad cultural británica. Han discutido, escrito y lanzado a través de las ondas –la doctrina intelectual que no se propaga mediante las tertulias parece condenada a morir enterrada en un mar de papel– la conveniencia o propiedad –en el mundo sajón todo es corrección, empezando por el patrimonio– de incluir el nombre de Óscar Wilde, encarcelado por sodomía, en las cristaleras de la Westminster Abbey, junto a la estancia conocida como la esquina de los poetas.

La estampa

Sevilla tiene la costumbre de convertirlo todo en una cofradía. El canon tradicional, que sólo representa a una parte de lo que con esfuerzo todavía podemos reconocer como el hogar, se ha consolidado en el imaginario colectivo con tal intensidad que ocurra lo que ocurra, y con independencia de su significado, nuestras instituciones, que no son más que la expresión decorativa de la ciudad oficial, aplican el mismo formato de manifestación pública -un cortejo que desfila con tiempo tasado- sin importarle demasiado si se trata de una fiesta o de un entierro.  La Noria del lunes en El Mundo

La guerra de los fueros

Mark Twain decía que para escribir un discurso improvisado son necesarias tres semanas. Menos tiempo es una temeridad. Para hacer política el plazo requerido debería ser superior: la retórica es inofensiva; pero las decisiones que afectan a la vida y a la hacienda de las personas son más delicadas.  Las Crónicas Indígenas del sábado en El Mundo

Beatniks

Aullar cuando se ha sobrepasado la cincuentena –la mitad de la vida, mitad que nunca es la mitad, porque la vida nos mata siempre antes– en vez de un mérito supone la constatación de que todavía se padece una inevitable voluntad disidente, personal y ácrata, cosa de la que últimamente vamos andando bastante cortitos. Tan escasos como de buenos escritores contestatarios, que en un determinado momento histórico fueron una degeneración de la literatura ensimismada contra la que ya predicó en vano hace muchas décadas Sartre, al que apodaban el bizco de la rive gauche. Todo quedó en nada. O casi. Muchos de aquellos rebeldes han desaparecido. Otros han engordado.

Las buenas intenciones

Mi idolatrado Roberto Arlt, periodista atorrante y escritor de periódicos en el deslumbrante y a la vez miserable Buenos Aires de principios del pasado siglo, escribió una vez en una gacetilla volandera una verdad como una catedral que es casi una invariable sociológica: «La gente sólo respeta a los insolentes y a los maleducados. La Noria del lunes en El Mundo