Fascismus

El fascismo, ese pastel amargo en el que la ignorancia y la prepotencia se mezclan, acostumbra a usar vestimentas, chaquetas y chalequines de ferviente progresismo. Se diría que, lejos de formulaciones dulces, ha decidido unirse a su presunto enemigo –la democracia– hasta consumar un paradójico romance en el que el despechado siempre termina siendo el sistema de libertades (vigiladas). La reflexión viene a cuento de la última diatriba con la que nos deleita el mundo de las letras, aunque las letras sigan estando en realidad bastante lejos de estas tonterías de salón.

Tiempo de sátiras

Tiempos modernos, tiempos de sátira. Los medios, el dinero, la mierda del dinero, el dinero de mierda, los columnistas, los patronos, los tertulianos de las ondas, los sindicatos, el Rey, la Corona y el Vaticano. Todos se merecen –nos merecemos– una sátira, el único género literario que hoy en día, época de derrumbes, puede salvarnos in extremis de la locura cotidiana. La sensación no es nueva. Ya la enunció Max Estella en Luces de Bohemia: “El suicidio colectivo”. Nadie le entendió.