El hipódromo de Elsinor

A la vuelta del verano, que es nuestro infierno particular, comienza lo que los espectadores de la política, esa cofradía que profesa los mismos vicios que el cabildo de los taurinos, llaman el curso político. La etimología nos remite al latín: cursus, carrera. Es un préstamo semántico por el que no pagamos interés. Además de salirnos gratis, es exacto, porque desde la tortuosa segunda coronación de Ella, cuando el susanato nos amenazaba con la desgracia y el hambre de los hijos que no tenemos por la ausencia de una reina sancionada, no ha habido por parte de Su Peronísima Majestad iniciativa política digna de comentario, ni siquiera crítico.  Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.

‘Bon voyage’

Todo viaje es iniciático. Se busca algo, se huye de algo o de alguien, se pone la proa rumbo a algún sitio, en apariencia geográfico, pero que en realidad termina siendo un destino sentimental. La odisea de viajar consiste en esto: ir adonde no se sabe cómo son las cosas con la esperanza fútil de que sean mejores que el sitio justo donde pisamos. Este proceso, que transforma nuestra identidad, enriqueciéndola, es exclusivo de los verdaderos viajes y ajeno a sus simulacros: excursiones, expediciones a la carta y el resto de variantes del turismo industrial, donde se viaja en horda o en comandita.

Pliego de descargo

Los periodistas gastamos tanto tiempo contando lo que le ocurre a la gente, a otra gente, incluidos los políticos y otros seres sin importancia, que rara vez tenemos tiempo para contar lo que nos pasa a nosotros. La frase parece exacta. Se podría decir, se dice, de hecho, que contar nuestra vida no es, en realidad, nuestro oficio, que nuestra función social es ser objetivos –la utopía de los que se fingen neutrales, sin serlo–, unos meros notarios de la realidad pedestre. Esto viene a ser algo así como confundir la burocracia con la literatura y la cobardía con el sentido común. Aunque una cosa sí es aproximada: nuestro pecado de origen es degenerar, en ocasiones, hacia mundos excesivamente líricos, […]

Todas las sangres

Las leyes indígenas son como el revólver con el que los poetas futuristas jugaban a la ruleta rusa: cuando menos te lo esperas, te dispara en la cara. La globalización, la fase postrera de la posmodernidad, nos había prometido el progreso lineal de las sociedades abiertas. Los cementerios de la decepción están llenos de proclamas tan utópicas como los manifiestos de las vanguardias, más solemnes cuanto más efímeros.  Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.