Platón en San Telmo

Séneca, un patricio romano al que algunos consideran andaluz, decía que los pobres se ríen más, y de forma más auténtica, que los ricos. En esto emula a Epicuro, que sostenía que la pobreza, si es honesta, no es sino una riqueza camuflada que no sabemos ver. Debe ser el azar, porque la convicción se nos antoja cosa remota, lo que hace coincidir la teoría estoica del desprendimiento material -formidable lección de vida- con la particular concepción de los socialistas sobre Andalucía. Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.

Literaturas académicas

Los ensayos académicos suelen ser losas pesadas, troncos a los que hincarles el diente, por muy afilada que creamos tener la dentadura, no resulta agradable y rara vez es un ejercicio gratificante. Digamos que este tipo de libros son cualquier cosa menos libros felices. El esfuerzo al que obliga la mordida –dícese del sacrificio intelectual que implica desentrañar un manual lleno de citas ajenas y escasa aportación propia– puede equiparase a los mitológicos trabajos de Hércules. O a las míticas fundaciones de las urbes imaginarias, de las que tan buena literatura hicieron Calvino, Onetti o García Márquez, por poner algunos ejemplos.

Fantasmagorías

Que la vida va en serio lo aprendimos leyendo -tarde, por supuesto- a Gil de Biedma. Antes sólo lo habíamos atisbado, sin comprenderlo. Los escenarios del extrañamiento eran diversos: una habitación de hospital, un cuarto de hotel, un funeral, el momento de un despido o un viaje sin billete de regreso. La sensación, en cambio, era idéntica: el futuro quedaba fuera de nuestro control. Eso es crecer: andar sin seguridades, sin confiar ni en mitos ni en epopeyas. La Noria del sábado en El Mundo.

Respiración artificial

La Transición ha gozado desde el principio de los tiempos, pues nuestra era comenzó con ella, de buena prensa. Es algo que sólo se explica por la connivencia, en algunos casos obscena, entre la élite del periodismo y la aristocracia política surgida del régimen constitucional que, en un extraño viaje lleno de rodeos, y cuyo verdadero objetivo era no moverse del lugar de origen, instauró la monarquía parlamentaria. Las Crónicas Indígenas del lunes en El Mundo.

El rey de la tribu

Las sociedades humanas tienen una tendencia innata a coronar a uno de sus miembros. Ocurre cíclicamente. Sin cesar. A veces no es una tendencia colectiva, sino una patología individual: uno de la tribu se entroniza a sí mismo como líder del grupo, o se designa cabecilla supremo para satisfacer los deseos del antropoide que llevamos dentro, ese otro yo que suele guiar nuestros actos, dicta nuestras emociones y describe nuestros comportamientos.