La guerra del PSOE: De la autobiografía a la autoficción

En el PSOE indígena, que es el que gobierna esta marisma que llamamos Andalucía, no conocen a Serge Doubrovsky. No es extraño: sus aspiraciones intelectuales, salvo notables excepciones, son idénticas a las de un geranio plantado en un tiesto, cuyo ideal de felicidad suprema es continuar siempre en el mismo lugar, recibiendo todos los días el agua (de los presupuestos) y dorándose a la luz del sol (meridional). Y, sin embargo, Doubrovsky, autor de una célebre novela –Fils–, ya auguró lo que está ocurriendo esta semana en Ferraz, donde lo que está en crisis no es el PSOE, ni la socialdemocracia, sino la autoficción que ha marcado durante décadas la vida pública de España.

La madre muerta

Hay muertes florecientes. No es una exageración. Tampoco una metáfora. Es una evidencia: un deceso, en ocasiones, es como un ramo de flores; con su presencia provoca en los que se quedan que brote aquello que dormía en su interior, ese agujero negro que llamamos intimidad, el refugio de nuestras penas, construido con libros, sinfonías y las voces cercanas. La muerte, sobre todo cuando es rotunda, nos recuerda lo que escribió Benedetti: el sufrimiento es un ilustre apellido que usamos todos, un título de armas que comparte desde la nobleza más decadente a la masa más populista.

Los grilletes del tiempo

El calendario es una forma secreta de asesinato. Especialmente cuando se queda sin hojas. El sentido del tiempo, ese devenir que no podemos detener, la sensación de que la vida no es más que un gran salto al vacío que siempre sale mal, se afila las uñas con el correr de las estaciones y los días, establecidos entre los horarios laborales y los festivos. Todo día puede ser un día de trabajo. Cualquier jornada puede ser festiva. Depende de nosotros. No hay muchas cosas que atenúen con eficacia la sucesión de las horas: las drogas, ciertos alcoholes, algunas mujeres y, por supuesto, un ramillete de excelentes libros. En estos tiempos de neoliberalismo y caldos espesos, cuando la ideología se ha […]

El divino fracaso

Se dice de los poetas: personajes sin juicio, con escaso seso y sorbidos por la literatura, como Alonso Quijano. Gente con un inefable sentimiento que los conduce, como si su caminar discurriera por el sendero de un erial, hacia el sufrimiento, la bilis, el desconsuelo, la amargura más negra. Al abandono, destinados están, los hacedores de libros. Los literatos tienen fama de sufridores ilógicos. Ellos mismos se ven como reos, cautivos por las cadenas que Baudelaire fijó –para siempre– en su Spleen de París. Es el hastío, como un túmulo de media tarde en cualquier cementerio de provincias o la muerte, como una nube que pasa.

Gardel, el poeta

La historia, esa maldita dama que transforma las cosas en función de su capricho, nunca del nuestro, resucita estos días la figura del más grande cantante de tangos que han visto los siglos pasados y verán los venideros: Carlos Gardel, el poeta. De su naturaleza lírica no cabe duda. Lo dice el callejero de la calle Suipacha, el Buenos Aires arbolado de las esquinas, el arrabal convertido en pieza de ficción sentimental. Como todos los grandes poetas, Gardel vivía el desconsuelo de estar vivo, ese desengaño que consiste en levantarse todos los días sin motivo para certificar –nada más hacerlo– que más valdría no haber salido de la cama. En unos tiempos en los que los poetas dan por sentado […]