Retrato de peatón con semáforo

Roberto Arlt, nuestro santo y patrón en el arte (prosaico) de escribir columnas de periódico, decía que el periodismo, bien entendido, es un oficio para vagos y audaces. De este juicio se infiere su gran principio cartesiano: “Yo atorro, luego existo”. El escritor argentino compuso sus artículos –hace ahora casi un siglo– en el idioma de los argentinos, desde las aceras rotas de un Buenos Aires que perdía sus esquinas rosadas y sus almacenes de abarrotes de una sola planta para convertirse en una metrópolis periférica y desquiciada. Según el diccionario, un atorrante es un perfecto holgazán, un vagabundo, un desvergonzado. En lunfardo –el lenguaje poético del tango– la palabra expresa otra cosa distinta: una forma maléfica de admiración. La que se profesa por los […]

El hogar de las palabras

Cuenta Francisco Umbral en La noche que llegué al Café Gijón (Destino), uno de sus mejores libros de memorias, que en realidad recrea de nuevo la misma autoficción de siempre, que entre la fauna de escritores, literatos, creídos, actores, vividores, mujeres liberadas, lésbicas sorprendentes, homosexuales pronunciados y prohombres que pululaban en aquel entonces por sus mesas con tapas de mármol, buscando el éxito en el mismo Madrid donde el escritor perseguía el Parnaso por el procedimiento rupestre de aporrear las teclas de una máquina de escribir –“mi ametralladora”, decía imitando, sin decirlo, a Bukowski–, que había un personaje singular llamado Eusebio García Luengo o algo así, aunque el nombre no importa demasiado.