Andalucía, dos corredores y un desencanto

“Lo antiquísimo no es el pasado: es el comienzo”, escribe Octavio Paz, probablemente uno de los pensadores que mejor ha formulado el debate sobre el verdadero sentido de ese concepto que llamamos modernidad. El escritor mexicano sostiene que lo nuevo no es aquello que nos seduce por esta condición, sino por separarse de lo habitual, rompiendo no tanto nuestra relación con el pretérito como permitiéndonos imaginar un universo diferente. La reflexión resulta pertinente hasta para asuntos prosaicos, como la discusión (política) sobre el Corredor Mediterráneo y su hermano siamés, el Eje Ferroviario Central, donde se concretan dos visiones de España que no tendrían que ser antagónicas pero que, igual que otros episodios de nuestra vida pública, están marcadas por la confrontación, esa pertinaz tradición ibérica. Los antiguos imaginaban la existencia como una infinita repetición de ciclos. Los modernos, en cambio, creen que cada instante de la historia es único e irrepetible. El tren es hijo de la revolución industrial surgida en la Inglaterra del XIX. Un prodigio técnico con más de dos siglos de historia a sus espaldas que, ahora, vuelve a ser una oportunidad de progreso para España, donde llegó con media centuria de retraso y la mítica línea Barcelona-Mataró.

Los Cuadernos del Sur en La Vanguardia.

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