Arte del humor, maestría de la farsa

La historia de la cultura, en cierto sentido, puede resumirse como un duelo entre la risa y la seriedad. El hombre, condenado de antemano por la certeza de la muerte, tiende a la trascendencia y, en ciertos casos, encuentra consuelo en las múltiples formas de la religión, pero del mismo modo –lo mismo que el verso y la prosa– convive con la risa, la carcajada, la mueca y el espanto. Todas son actitudes diferentes y, en el fondo, análogas. La Biblia atesora la palabra de Dios, pero, en el Antiguo Testamento, Jehová se ríe de los hombres, inconstantes pecadores, cuyas faltas deleitan malévolamente a su propio creador, el Ser Supremo de los hebreos. La práctica tiene algo de ancestral: la primera broma de la literatura aparece en un pasaje de la Ilíada de Homero: el Olimpo, igual que el auditorio de un teatro, comenta con ánimo zumbón la ridícula cojera de Hefesto, dios (menor) del fuego. El humor nos divierte. Pero también puede ser un puñal y el mensajero de una infinita de crueldad. O un acto de desprecio ante los males ajenos que, paradójicamente, son también los nuestros.

Las Disidencias en Letra Global.

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