Hernández, ‘l’ambasciatore’

Napoleón, al que el astuto Fouché se dirigía siempre llamándole sire, con una ironía temeraria camuflada de cortesía, decía que un embajador es un policía con traje de etiqueta. Las formas suavizan el fondo, pero no anulan la evidencia: los diplomáticos se deben antes a los cancilleres –que los nombran– que a sus propias naciones. Es el caso de Alejandro Hernández Valdés (Madrid, 1964), l’ambasciatore di Abascali, a la sazón (o sin ella) jefe de Vox en las Cinco Llagas y, desde esta semana, “la única oposición real al gobierno [de la Junta]”, dada la irrelevancia de los susánidas (esa secta esenia sin profeta) y el furor bélico de los grupúsculos de la izquierda, sumidos en una guerra que no […]

Guerrero, tardes de verde cacería

Hace treinta años, cuando en la Marisma se vivían las vísperas de los fastos del 92, se puso de moda entre la clase política indígena una frase: «Hágase». Era la expresión absolutista de un tiempo en el que todo era posible -tocando los resortes necesarios- sin que importasen mucho los medios. Bastaba con que la cúspide del poder (entonces, socialista) pronunciase la palabra mágica para que un ejército de hacedores cumpliera sus caprichos. De esta milicia de fieles ejecutores, Francisco Javier Guerrero (El Pedroso, 1956; Sevilla, 2020), el señor de los ERE, ha sido quien ha gozado de mayor fama. Probablemente, a su pesar. Muerto de una neumonía súbita el pasado domingo, encarna en su persona el proceso de degeneración […]

La marisma con figuras (indígenas)

En la tradición literaria se conoce como bestiarios a los libros recopilatorios, compuestos mediante la adición de estampas, que muestran a personajes insignes y fabulosos salidos de la imaginación o fruto de los atávicos miedos terrestres. Su origen procede de los ancestros clásicos, pero gozaron de una gran fortuna –y lectores– durante los años oscuros de la Edad Media, cuando hacían la función de devocionarios bastardos. Solían presentarse en volúmenes ilustrados, a la par que simbólicos: sus personajes se tenían por ciertos –aunque no lo fueran, cosa que sólo se supo después– y encerraban entre sus líneas y dibujos suertes de enseñanzas morales. Cada animal retratado hacía una función concreta en el imaginario colectivo. Cada bestia –dicho sea en piadosos […]