César Vallejo, heraldos y aguaceros

La austeridad es un lujo al alcance de unos pocos elegidos. Sólo quienes han tenido algo en la vida son capaces de prescindir –de forma voluntaria– de la superficialidad de las cosas para quedarse con lo básico y vivir ligados a la solidez de lo esencial. En poesía este proceso de destilación conduce, en general, a la desnudez expresiva, que es la vía dolorosa que lleva al Gólgota donde el poeta, igual que Cristo, se sacrifica por nosotros y proyecta su imagen –“la vida de un hombre es la vida de todos los hombres”, escribió Borges– sobre la devastación ambiental. Expresar lo sagrado, que no es sino una exaltación sanguínea de lo profano, no requiere obligatoriamente el hermetismo. Sí es necesario el don de la profundidad. La poesía de César Vallejo (1892-1938), de cuyo nacimiento se cumplieron en marzo los 130 años, es un buen ejemplo. Se nos muestra como un meteorito oscuro cuyo brillo no procede de la luz, sino de las sombras universales. Y traza un viaje que comienza con el Modernismo, prosigue a través de la galaxia de las vanguardias, se instala en el planeta de la poesía social y política, y deja una huella violenta y perdurable sobre la polvorienta topografía en la que yace.

Las Disidencias en Letra Global.

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