El ‘corralito’ de la Navegación

Un hombre de prestigio debe tener vicios inconfesables y hábitos mudables. De los primeros, como comprenderán ustedes, queridos indígenas, no diremos ni una palabra. Para eso ya están nuestros enemigos, los pérfidos costumbristas mayores y monaguillos menores, que siempre nos desean lo mejor y alimentan, cosa que les agradecemos sinceramente, la leyenda. Saludos, muchachos: seguid remando. En relación a los hábitos diremos que uno de ellos consiste en andar, caminar o hacer el flaneur. Elijan ustedes el término que prefieran dependiendo de lo estupendos que se sientan hoy. En una de estas incursiones peatonales por la secreta Sevilla norteamericana -que está en la Isla de la Cartuja- nos encontramos la otra tarde, mientras los próceres de la autonomía volvían de su santo peregrinar al cogollo mismo de la Marisma, con que el Pabellón de la Navegación, uno de los mejores edificios que nos legó la Expo, se ha convertido por obra y gracia de la Junta de Andalucía en un salón de bodas, bautizos y comuniones, al parecer con la inestimable ayuda de la Escuela de Hostelería, a la que alguien le ha dado la gestión de una parte de este antiguo complejo expositivo de la Expo que, desde entonces, sirve para cualquier cosa menos para lo que fue concebido: ser un espacio cultural.

La Noria del miércoles en elmundo.es

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