El escolástico impertinente

Una opinión que no se sustente en un argumento no vale nada. Es una de las grandes enseñanzas intelectuales de Gustavo Bueno, cuya muerte, hace ahora casi un año, coincidió con la extinción de la filosofía del bachillerato preconizada por la Lomce. Todo un símbolo: la educación obligatoria desechaba así siglos de pensamiento en beneficio de efímeras doctrinas pedagógicas. Bueno, padre del materialismo dialéctico, germen de la escuela de Oviedo, fue uno de esos filósofos obstinados y en apariencia antiguos cuya característica básica es la firme voluntad de articular un sistema integral de pensamiento crítico. Con sus virtudes y sus defectos. Esta actitud lo convirtió, paradójicamente, en un intelectual moderno: alguien capaz de pensar por sí mismo. Sin intermediarios. Sin condicionantes. Y sin miedo al juicio de la horda. Lo único que le importaba eran las razones basadas en hechos objetivos. Nada más.

Su obra ilumina, entre otros, el túnel del pensamiento político español, oscurecido por los lugares comunes y las toneladas de propaganda. Una de sus grandes aportaciones en este campo es la definición de la izquierda como un magma en el que se mezclan –no siempre de forma pacífica– distintas ideologías. A su juicio, no hay una izquierda, sino múltiples formas de serlo. Bueno las clasificó según el papel que cada una de ellas otorgan al Estado en El mito de la izquierda (Ediciones B), un estupendo ensayo donde distingue entre las izquierdas definidas –jacobina, liberal, anarquista, socialista, comunista y maoísta– y las indeterminadas, que describe como creencias extravagantes, divagantes y fundamentalistas. Las primeras son herencia histórica del convulso siglo XX. Las segundas parecen las propias del XXI. Muchas de ellas han reducido el pensamiento heredado durante siglos a meros eslóganes, entre ellos la difusa defensa de la igualdad, que formulada de forma genérica es igual a no decir nada. La célebre noción de Rousseau sobre la desigualdad social ha terminado así convirtiéndose en un destilado vacío de sentido. En un principio inofensivo.

Otro de los hallazgos de Bueno es el cuestionamiento de la asociación histórica entre las izquierdas y la Ilustración. Sobre esta confusión se construyó en buena medida el mito de la izquierda bondadosa, que pervive en nuestros días, lo mismo que la supuesta oposición entre progresismo y nacionalismo. La idea moderna de nación surge con la Revolución Francesa, que es el mejor ejemplo –junto a las pinturas de Goya— de que los sueños de la razón producen monstruos. En el Antiguo Régimen, el universo del trono y el altar, la nación era un término de origen eclesiástico. No tenía valor político. La construcción intelectual de la comunidad nacional es una de las grandes innovaciones revolucionarias. La idea de nación, tan querida por los nacionalistas más cerriles, es pues posterior al Estado, cuya estructura de poder existe al menos desde las monarquías absolutistas. De donde se desprende que el máximo principio de fe de los soberanistas –todas las naciones tienen derecho a tener un Estado propio– está formulado de forma incorrecta. Históricamente sucede lo contrario: son los Estados los embriones de las naciones. Por eso el Reino de España es una nación que incluye a Cataluña. Al revés de lo que durante décadas ha predicado la utopía regresiva de los independentistas, cuya génesis, según Bueno, era el resentimiento.

Parece evidente, únicamente en función de estos ejemplos, que la filosofía no debería desaparecer de la escuela. Más bien habría que convertirla en una disciplina troncal. Sin ella naufragaríamos en un mar de las doctrinas interesadas. La filosofía crítica es la mejor vacuna frente a la manipulación política. La única forma de construir un juicio individual sobre bases intelectualmente sólidas consiste en replicar la tarea del filósofo: desconfiar de las apariencias, ser prevenido ante las manipulaciones y luchar contra los simulacros. La filosofía de Bueno, con independencia de sus aciertos y sus errores, intenta protegernos de las mentiras de los políticos, que presentan como dogmas verdades tan discutibles como caprichosas. Una sociedad está mentalmente sana si en ella se permite el libre debate de ideas. ¿Para qué sirve la filosofía? se preguntan algunos. Para que no nos engañen. Para pensar con sentido. Para ser intelectualmente libres. No existe ninguna disciplina inútil que sirva para tanto.

Letra Globalel ‘spin-off’ cultural de Crónica Global.

[22 Junio de 2017]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *