El mausoleo en ruinas

¿Ignoráis por qué razón las ruinas agradan tanto? Yo os lo diré: todo se disuelve, todo perece, todo pasa, sólo el tiempo sigue adelante. El mundo es viejo y yo me paseo entre dos eternidades. ¿Qué es mi existencia en comparación con estas piedras desmoronadas?

Diderot

Los románticos, esos hijos furtivos de la noche, adoraban las ruinas. Veían en ellas una metáfora múltiple de la vida condensada en un único paisaje. La fugacidad del tiempo. El vano intento del hombre por perdurar en un entorno hostil que quizás sea la obra de arte perfecta porque se basa en las mismas leyes que rigen la existencia: la armonía del desorden, la caótica marcha de los días, enredándose. La naturaleza puede ser bella y devastadora al mismo tiempo. No son términos antagónicos, sino complementarios. Por eso vence al arte. Y se permite el lujo de dejar en pie algunos restos de la fatua pretensión de eternidad de los mortales. La estampa resultante es sobre todo didáctica. Nos recuerda que nadie vence las leyes constantes de la decadencia.

Los futuristas, por el contrario, amaban a la máquina. Idolatraban el progreso. Veneraban la velocidad. Las vanguardias de principios del siglo XX, tan infantiles en sus aspiraciones como deslumbrantes en algunas de sus realizaciones, ansiaban romper con el pasado caduco que las precedía (a todos nos persigue el pretérito; en eso consiste la vida) por la vía de la ruptura más extrema. Vindicando incluso una especie de emancipación de tintes violentos. Algo parecido, pero en un ámbito diferente, es lo que inspiró en su día el nacimiento del Parasol de la plaza de la Encarnación: una suerte de artefacto deforme cuya ambición consistía en borrar por completo el pasado del lugar donde se levanta para sustituirlo por un nuevo icono opuesto a la tradición inventada por la Sevilla oficial.

En el fondo, aunque sin sospecharlo de forma consciente, lo que se perseguía era llegar a la misma estación de destino que las famosas vanguardias: convertir ese espíritu de ruptura en una tradición alternativa, perdurable. Lo cual, en cualquier caso, resulta una perfecta reducción al absurdo: la vanguardia institucionalizada deja de ser automáticamente vanguardista. El diablo se vuelve santo al entrar en la academia. La provocación nunca es condición suficiente para conseguir una obra de arte. Ni tampoco sirve para cambiar las cosas. Mucho menos una ciudad. Si volvemos ahora la vista hacia el mausoleo que decidió hacerse en vida (política) el anterior alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, se nos antoja un objeto igual de excesivo de antes, pero mucho más inútil que entonces.

Han pasado apenas dos años de su tormentoso final, con el célebre sobrecoste millonario (123 millones de euros), y la sensación definitiva es que estamos ante una criatura extraña y absurda que procede de un siglo remoto, siendo en realidad tan reciente. Las novedades, a veces, envejecen demasiado rápido. Es natural: en los dos últimos años la vida ha zarandeado a casi todos sin piedad. Incluso con crueldad. Hay algo que, sin embargo, el Parasol no ha perdido a lo largo de este tiempo: su voluntaria aspiración de proyecto totalitario. Su escala (desmesurada) sigue funcionando aún como la mejor pauta, el argumento indiscutible, para recordarnos esta vocación de grandeza fallida, tan similar a la que ha terminado llevando al desastre a tantos iluminados, grandes empresarios, artistas y héroes de un tiempo reciente que ya nos parece demasiado vetusto. Y, sin embargo, no fue sino ayer mismo.

El totalitarismo del Parasol reside, sobre todo, en esta caprichosa cuestión de analogía. Las vanguardias llevaban en su seno el preludio de lo que después fueron el fascismo y el estalinismo. Marinetti lo dejó dicho, de otra forma, en el primer manifiesto del movimiento, escrito en 1909.

“Vamos. Prended fuego a los estantes de las bibliotecas. Empuñad los picos, las hachas y destruid, destruid sin piedad las ciudades veneradas”.

El mausoleo en ruinas

El Parasol ambicionaba seguir con éxito la misma ruta. Pretendía desplazar violentamente una cierta imagen de Sevilla, anclada en el tiempo y en la constante sucesión de ritos caducos, para sustituirla por otra diferente. El paso de los días (no demasiados, pero suficientes) ha terminado por devorar definitivamente el falso mito de su modernidad, si es que éste alguna vez existió. La literatura es capaz de engendrar héroes pero la propaganda sólo nos deja fantasmagorías. Eso parece ahora la inmensa cubierta que Jürgen Mayer levantó, con Dios, ayuda y demasiado dinero de todos, en la Encarnación para señalarnos a todos el punto exacto en el que sobre los restos de la Sevilla romana y almohade debía erigirse un superlativo altar monumental cuyo fin único fue conmemorar la etapa política de un gobernante marcado por los excesos económicos, morales y estéticos.

El proyecto nunca fue un éxito político. Ahora tampoco es un negocio. La empresa que lo gestiona (Sacyr), cuyas relaciones con el anterior gobierno local empezaron siendo mercantiles y terminaron convirtiéndose en excesivamente estrechas, reclama la resolución formal del contrato de concesión merced al cual explota la plaza pública, el mercado de abastos y los diferentes locales comerciales que sirven de frágil soporte económico al proyecto. Pide 35 millones de euros al gobierno de Zoido (Juan Ignacio), que en su día criticó duramente la ejecución del complejo comercial pero, asombrosamente, no ha dudado en su última expedición a Nueva York en incluirlo dentro de los nuevos símbolos de Sevilla. Cosas veredes, amigo Sancho. La coherencia no es una de las virtudes del gobierno municipal actual. Algo lógico: cuando no se tienen principios no se sufre quebranto alguno si se renuncia a ellos.

El Parasol, definitivamente, no funciona. Nunca lo hizo desde el punto de vista arquitectónico (la arquitectura es otra cosa diferente) ni de la estética. Tampoco devuelve lo que se esperaba de él a efectos mercantiles: ser una lucrativa fuente de ingresos para la empresa privada a la que Monteseirín entregó el dominio completo del mayor espacio público del Casco Histórico a cambio de alzar un dislate que al final tuvo que terminar pagando casi exclusivamente con dinero público, condenando a Sevilla a la ruina actual y certificando lo inauditamente lejos que, entonces, algunos estaban de la realidad cierta. Tan extraordinaria vocación de eternidad ha terminado con la triste sucesión de recreaciones de feria que ocupan la plaza cada navidad. Una verbena sórdida en el corazón de una Sevilla rota.

“Existe un paralelismo psicológico entre dejar una huella en el paisaje con un edificio y el ejercicio del poder político. Ambos dependen de la imposición de la voluntad”, escribe Deyan Sudjic en La Arquitectura del Poder.

Desde Schopenhauer, e incluso antes, pero dicho con otras palabras distintas, se sabe que el mundo no es más que eso: un vano ejercicio de voluntad y representación que, con el paso del tiempo, se queda prácticamente en casi nada. Los románticos tenían razón: no hay obra humana que resista la inmensa fuerza del paso del tiempo. Sobre todo si es tan reciente y cruel como el inmediato. No hay palacio que no termine en ruina. Ni victoria que no mute en derrota después de tratar con Cronos, el antiguo dios de la devastación.

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