El mito de la caverna, versión 5.0

René Magritte, el pintor belga, tiene un cuadro –La reproduction interdite (1937)– donde aparece un hombre de espaldas frente a un espejo que, en vez de reflejar su rostro, le devuelve su espalda. La imagen no muestra la identidad del protagonista, sino su reverso, que es la vista de una tercera persona ausente de la imagen. La realidad y sus simulacros, que pueden ser tanto las mentiras abiertas como las perspectivas insólitas de un mismo hecho, constituyen uno de los ejes de la historia del pensamiento occidental. Durante siglos los filósofos han debatido hasta qué punto nuestras percepciones coinciden o difieren de los hechos. Y cómo determinadas ensoñaciones, individuales o colectivas, ambas nacidas de nuestra conciencia, se convierten en objetivamente verosímiles. Es un fenómeno recurrente en todas las crisis culturales, esos instantes en los que un suceso que parecía impensable –léase el 11-S o la actual pandemia del coronavirus– se hace cierto. Las apariencias, es sabido, no son exactamente la realidad. Las imágenes traicionan. Magritte lo simboliza en otro cuadro, pintado a finales de los años veinte: Ceci n’est pas une pipe, el lienzo que nos presenta un útil de fumar que se niega a sí mismo. La pintura muestra una pipa, pero una frase inferior la desmiente porque el óleo no es más que la representación de la cosa. Michel Foucault, el filósofo francés, escribió un ensayo sobre esta paradoja especular creada por Magritte, donde una supuesta evidencia se anula a sí misma, creando una misteriosa discordancia. En realidad, el lienzo del pintor belga lanza un interrogante antiguo: ¿es cierto lo que tenemos por tal? ¿Está sucediendo, aquí y ahora, lo que vemos? ¿Acaso no somos las víctimas de nuestras propias certezas? ¿El mundo real lo es cuando nos resulta asombroso?

Las Disidencias en #LetraGlobal.

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