El pacto del plátano

Ante la incapacidad de nuestros próceres -el fenómeno es especialmente intenso en el caso de los jerarcas indígenas- para desenvolverse con conceptos complejos y abstractos, que son lo que antes se llamaban ideas, en la política posmoderna se ha impuesto el relato, la fábula inconsistente y la imagen como fórmulas para comunicar las mentiras. Existen grandes expertos en la materia -que suelen decir su nombre y añadir que les «apasiona comunicar»- pero, la verdad no puede quedar sin ser dicha, ninguno alcanza la insigne condición de los sofistas clásicos, tan denostados por Sócrates. Son otra raza: jugadores diletantes de ajedrez, devotos de las series y optimistas vendedores de imposibles milagros y crecepelos. Alguno de estos cráneos privilegiados debió sugerirle esta semana al novísimo trío de capilla –El Insomne, El Reverendísimo y El Quietista– que sería buena idea, un gesto inspirador, compartir un plátano a la vista de todos (y todas) en solidaridad con la volcánica agricultura canaria.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

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