El sentido de culpa

La cosa aburre. Llevamos años oyendo la misma cantinela sin que sirva para nada, excepto para buscar excusas con las que poder disfrazar la incapacidad sostenida en el tiempo. Esta semana el alcalde Zoido (Juan Ignacio) ha vuelto a acusar a la Junta de Andalucía de poner freno a sus proyectos, con independencia de cuál sea su naturaleza. Lo de siempre: el PSOE pone arena en los engranajes municipales; suponiendo, claro está, que haya engranajes. Yo no lo daría por seguro. El alcalde lleva así desde el mismo momento en que llegó a la Alcaldía, hace ya dos años largos.

Tiempo más que suficiente para haber pasado de la queja a la acción. A Zoido le queda en el sillón menos tiempo del que lleva sentado sobre el terciopelo carmesí, tan sevillano. Las encuestas no auguran que la segunda parte de su mandato vaya a ser feliz y tranquila, sino más bien inestable. De ahí que, ante el magro balance de esta etapa política, en la que algunos creyeron ver el Adviento para Sevilla, su principal justificación argumental sea culpar a los demás de no haber cumplido las promesas que él hizo, en persona, en los barrios de la ciudad. Aquellos votos prestados circunstancialmente parece que han volado –no se sabe bien dónde– y la coyuntura política actual se ha vuelto hostil para el PP de Sevilla, que al inicio del mandato tenía el viento de cara e impulsando sus velas.

Que Zoido culpe a la Junta de ser el toro que mató a Manolete es casi un subgénero periodístico. Si existiera en Sevilla un editor de prensa independiente permitiría hacer un cuadernillo satírico: sería un negocio con amplia audiencia potencial; claro que, en ese caso, la publicidad institucional no lo apoyaría. Nuestros munícipes administran el dinero de todos pero no están dispuestos a gastarlo en que alguien haga bromas inteligentes sobre su gestión. Sería un dispendio.

En cambio, sí consideran apropiado, justo y conveniente, gastarlo con los amigos de toda la vida en propaganda virtual pagada a precio de oro. Para eso, no hay problemas. Ni la Cámara de Cuentas, institución que vela por nuestros bolsillos, dice niente. Zoido, como decimos, se siente acosado, perseguido y cansado por la actitud de la Junta de Andalucía, en la que confiaba que gobernaría un Javier Arenas que, después de allanarle el camino hacia el poder municipal, se vino de repente abajo y al que –dado su notable sentido de la lealtad– ha terminado abandonando a su suerte en la guerra interna que se disputa en la cúpula del PP nacional. En ese sitio llamado Génova.

POPULISTAS POR LAS RAMAS

Lo malo es que no es el único político indígena que suele recurrir a esta táctica de pasar la pelota a los demás para justificar su notable ausencia de resultados. La Junta de Andalucía también se ha aplicado el mismo cuento: en los últimos años casi toda la justificación que se oye del Gobierno regional sobre los recortes en materia social y presupuestaria consiste en decir que vienen obligados por la política estatal de la Moncloa.

Ahora que estamos metidos de lleno en el susanato, esa degeneración del chavismo (el griñanismo no ha sido más que un suspiro breve), todo hace indicar que el Gobierno autonómico seguirá esta misma senda: los culpables de la crisis y el paro son y serán siempre los populares de Madrid, no los socialistas, que llevan treinta años gobernando en Andalucía y gestionando los presupuestos para combatir precisamente estos problemas. El toro que mató a Manolete, para la Junta, se llama Rajoy. No tengan ustedes duda alguna.

El resumen de la situación no puede ser más triste. Todos se culpan mutuamente, pero nadie resuelve nada. Los problemas persisten o empeoran. La coyuntura recuerda mucho a lo que ocurre cuando se produce un accidente de tráfico mortal: dos coches chocan y se matan los conductores. Entonces aparece alguien, acaso el perito del seguro, que intenta justificar por qué ocurrieron los hechos, de quién es la culpa y cómo se produjo el siniestro.

Hay a quien le interesan mucho estas explicaciones, pero, al final, no sirven absolutamente para nada: los muertos están muertos. Nadie los va a resucitar aunque escriba un tratado de seguridad vial. Es justo lo que está pasando con Sevilla: mientras todos hablan de sus dolencias, el enfermo se muere sin remedio. Agoniza. Dentro de poco ya no tendrá ni pulso. Los políticos bajarán entonces la mirada y dirán que no se puede hacer nada. Y nos explicarán con todo lujo de detalles las causas del deceso. La culpa, por supuesto, será de otro. Seguramente del propio muerto.

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