Elegía de Europa en su hora crepuscular

Es un lugar común creer que la tarea más compleja a la que se enfrenta un escritor consiste en imaginar el inicio de una gran obra. La historia de la literatura está llena de deslumbrantes arranques de ensayos y novelas capaces de condensar en unas milagrosas palabras la duradera huella sentimental que ciertos libros dejan en nuestras vidas. Sin restar mérito a esta epifanía sobre los comienzos –la manera de llegar a los sitios condiciona la forma en la que permanecemos en ellos, y delimita también la manera y el ánimo con el que algún día los abandonaremos– siempre hemos pensado que igual o tanto más difícil que empezar un relato, ya sea una ficción o una vulgar crónica, es acertar a la hora de concluirlo. Nada resulta más doloroso que escribir un epílogo siendo conscientes de todo aquello que vamos a perder (sin remedio) en ese justo instante. Nada hay más trabajoso que llegar con elegancia y dignidad al temido punto y final. En el mundo real, los colofones rara vez son festivos, salvo bajo la forma de resignación ante el destino.

Las Disidencias en Letra Global.

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