El ensayista Gil de Biedma

Gil de Biedma era un tipo extraño: se hacía preguntas en un país más bien dado a las proclamas identitarias y solía matizar mucho sus opiniones en lugar de lanzarlas, como cuchillos, en dirección a la yugular del interlocutor. Ambas cosas, unidas a algunos excelentes poemas y a su leyenda de homosexual y noctámbulo, ejecutivo de una compañía de tabacos en horario diurno, hicieron lo necesario para situarlo entre los mejores escritores en español de la segunda mitad del pasado siglo. Su obra, que una parte de la crítica sitúa como antecedente de la llamada poesía de la experiencia, aunque algunos de sus más significados nombres dejaran de tenerlas hace tiempo, es sin embargo un monumento –anómalo dentro de la tradición española– al prosaísmo poético, en este caso en su variante más elegante.

Sólo por eso, por el eje sobre el que Gil de Biedma construyó su obra, merecería pasar a la historia cultural de nuestro tiempo. Su segunda virtud, inusual entre su gremio, fue acertar en la arriesgada decisión de dejar de escribir poesía a tiempo. Lo hizo cuando creyó que ya no tenía más que decir, refugiándose entonces en su naturaleza de lector compulsivo. De esta última condición trata El pie de la letra, el soberbio volumen de ensayos literarios que Lumen resucita, con algunos inéditos, 37 años después de su primera versión, publicada una década antes de que el sida se llevara por delante la vida oficial del poeta catalán. Una reedición más que necesaria no sólo por su interés como compendio de la poética de Gil de Biedma, sino por la extraordinaria calidad literaria de sus textos. En España ya no se escribe así.

El volumen, a cargo de Andreu Jaume, amplía la 24 piezas ensayísticas que, junto a un celebrado estudio sobre Guillén, formaron la primera gavilla de textos críticos y teóricos de Gil de Biedma. Los poetas tienen la mala suerte de pasar a la posteridad –si es que pasan– por sus versos en lugar de por sus ideas literarias. Se dirá que los primeros son el resultado de las segundas. Pero lo cierto es que hay algunos poetas que, sin escribir un solo verso, merecerían un espacio dentro del canon ensayístico español, casi siempre postergado en los compendios literarios. Es el caso de Gil de Biedma. Su literatura de ideas (literarias) no goza de suficiente sanción académica a pesar de ser uno de los grandes clásicos de nuestro tiempo.

El pie de la letra reúne textos compuestos entre 1955 y 1988. En ellos el poeta diserta –con maestría– sobre las diferencias (inexistentes) entre la prosa y el verso; establece vasos comunicantes entre sus poemas y sus estudios literarios y dedica páginas y devociones a construir su estirpe. Es lo que hacen los grandes escritores: inventar sus antecedentes. El escritor catalán, junto a poemas memorables, nos ha legado una lectura en clave contemporánea de nuestra propia tradición, que no es más que una sucesión de rupturas selectivas. En esto sigue el camino de dos grandes poetas-críticos anglosajones: T.S. Eliot y Auden, cuyos ensayos son una maravilla tanto por lo que enseñan como por cómo lo dicen. Gil de Biedma lo insinuó al escribir que un poeta metido a crítico quizás no sea muy riguroso –Eliot aconsejaba hacer crítica literaria con la misma frialdad de un científico– pero casi siempre resulta sugerente. Es absolutamente cierto.

De la tormenta de ideas de El pie de la letra nos gustan especialmente dos. La primera es la teoría que define el arte como la suma de tres procesos: la experiencia, la emoción y la transmisión de esta emoción. La poesía consistiría en la evocación de la emoción individual. Eso es un poema: un artefacto emocional que habla de un sujeto pero para referirse a toda la humanidad. La segunda es que la función de la crítica, a la manera de Eliot, consiste en salvar de la muerte, que es el olvido, los escasos textos que logran este objetivo, actualizándolos o dándoles un sentido acorde a la sensibilidad contemporánea. Gil de Biedma hizo ambas cosas: escribir poesía y explicarla, aunque jamás ejerciera como profesor. Sus ensayos son piezas deslumbrantes donde la ironía, el humor y el desengaño no se estorban. Conviven. Y donde tan trascendentes son las palabras como los silencios. Igual que en la vida.

Su poética, como la de todos los grandes prosaicos, desacraliza el acto poético y baja al poeta del pedestal. Pone en cuestión la tradicional analogía entre lírica y poesía y nos descubre que los versos de nuestro tiempo deben ser antilíricos. Es su caso: el poeta Gil de Biedma fue un tipo sobrio y un crítico que sabía que la modernidad, en el fondo, es una cosa muy vieja. Así se entiende sin problemas su teoría acerca de que la poesía medieval española, en algunos aspectos, sea más europea que la del Siglo de Oro, que es cuando la tradición literaria hispánica empieza a separarse de la tendencia continental. A Gil de Biedma le debemos estupendas traducciones de la obra de Eliot y una apuesta radical por la dicción del verso libre. Una anomalía en nuestra tradición métrica, menos estricta de lo que se piensa. Y quizás también la tesis de que la creación literaria debe girar alrededor del lector.

En esto fue un adelantado incluso a la teoría literaria de la recepción, que concibe la poesía como un suceso condicionado por su interpretación. “Sin un lector –escribe en uno de sus ensayos– puede existir el poema, pero no la poesía”. Si T.S. Eliot resucitó a los poetas metafísicos ingleses, sin los que Cernuda nunca hubiera llegado a ser Cernuda, Gil de Biedma reivindicó a Espronceda como el primer poeta moderno español. Todavía hay quien considera que esta asociación de ideas es un oxímoron. Y sin embargo esta tradición poética, que tan bien explica Robert Langbaum en The Poetry of Experience, un extraordinario ensayo sobre la modernidad, también existe entre nosotros. La prueba es su propia obra. Breve y magnífica.

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