Gabriel Ferrater, retrato de un semejante

A Andreu Jaume, editor ejemplar, le hemos oído decir más de una vez que uno de los libros potencialmente más interesantes sobre la cultura catalana –que no es exactamente la que se expresa en este idioma, sino la que nace del cruce y la promiscuidad fecunda con otras influencias, especialmente todas aquellas que proscribe el nacionalismo– sería una biografía intelectual del Gabriel Ferrater (1922-1972), un niño bien de Reus venido a menos y con el eterno síndrome de Peter Pan que, tras su suicidio, consumado antes de los cincuenta años, con la alevosía de ser anunciado de antemano, como si fuera la obertura de una obra de arte, trágica y perfecta, se ha convertido en uno de los mitos recurrentes del malditismo de salón. Acaso se deba a que no existe nada más seductor que esa hegemonía que conceden, muchas veces como autoabsolución, los demás con independencia del peso de los méritos y la carga de los deméritos. El suicidio no tiene nada de poético, a pesar del arquetipo cultural creado por el Romanticismo, como tampoco la poesía guarda una relación de equivalencia exacta con el sufrimiento y la frustración. Todos padecemos cosas, pero sólo los grandes poetas hacen de su dolor el de todos. Ferrater, que trastocó su apellido –su hermano Joan, siguiendo la tradición de la antítesis fraternal conservó el original: Ferraté–, responde con facilidad a esta mitología del vate atormentado, brillante como lector, políglota diletante, escritor que no (siempre) escribe, inútil para desenvolverse en la vida doméstica y alma fatalmente perdida –salvo en la búsqueda del consuelo de las mujeres– para una existencia vulgar y terrestre.

Las Disidencias en Letra Global.

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