Gente que se ahoga

Los viejos muriéndose en los geriátricos. Más de cuarenta fallecidos es el saldo en la Marisma de esa negligencia llamada ley de dependencia, de la que tanto presumían los gobernantes que nunca se preocuparon por sus víctimas. Llamas que se apagan. Los enfermeros y los médicos denuncian ante unos tribunales sordos y ciegos que los políticos no les entregan el material de protección que necesitan para salvar a sus pacientes. Lágrimas y espanto. Cáxar de la Vega, La Zubia, Alcalá del Valle, La Línea y sus pedradas llenas de infamia. El miedo temprano del Apocalipsis. El sonido de la cuarta trompeta del canto de la Biblia. Las solemnes profecías en las que nunca creímos, los chistes que de repente han dejado de hacernos gracia, las peluquerías vacías, todas aquellas antiguas oraciones que confiábamos haber olvidado. Un dolor íntimo. Los teléfonos inteligentes llenos de luces, las videoconferencias. La melodía de la vida desafinada. El pedazo de pan por el que te juegas la vida. El viento que cabalga autista. Un perro que saca a su dueño a la calle. La policía, que existe. Las redes virtuales que se derrumban. El encierro, el hastío, la impotencia tras las ventanas, los balcones solitarios donde cada esqueleto calibra el tamaño de su propia desgracia. Predicadores hueros que nos dicen que ahora no es el momento de pensar, sino de ser optimistas. La cháchara cotidiana.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

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