José Luis Jurado: la dicción milagrosa

Antes de que existiera Google, estaba Pepón. En la radio tenía otro nombre: José Luis Jurado. Daba igual. Todos lo llamábamos Pepón. Evidentemente, un exceso –fruto del cariño– por nuestra parte. Nunca nos dio licencia para esta confianza. No hacía falta: como todos los tipos grandes, para estas cosas jamás hubo que pedirle permiso. Protocolo cero; humanidad, cien. Pepón era del linaje de los verdaderamente irrepetibles: inmenso, independiente, cosmopolita, culto y un tipo excelente. También era periodista, un cronista con una dicción milagrosa. Cuando hablaba, sobre todo de las cosas que le gustaban, te llevaba a otro planeta.

Usaba unas camisas imposibles y tenía un aire –versión indígena– a Juan de Pablos, el creador de Flor de Pasión. Nunca se lo dije, pero a mí me enseñó a amar una música extraña –el jazz– sobre la que hacía un mítico programa en La Voz del Guadalquivir. Por supuesto, en él no hablaba del río de Sevilla, sino sobre el Mississippi, Nueva Orleans y la larga huida de los negros desde los abrasantes campos de algodón hasta Chicago, siguiendo la Ruta 61. Uno escuchaba todo esto siendo un niño con un transistor diminuto, a pilas, por donde de repente entraba, como un trueno, el saxofón de Coltrane, uno de esos solos elegantes de Miles (Davis) o la Samba Triste de Baden Powell. El tipo que lo presentaba era una enciclopedia: se conocía todas las grabaciones, todos los sellos, los participantes de cada quinteto, el estudio elegido y hasta las tomas falsas de cada sesión. Sencillamente: era la hostia.

Pepón

Décadas después, hace probablemente demasiado, lo conocí en persona. Fue en una rueda de prensa en el Ayuntamiento. Mayor prosaísmo, imposible. El asunto era banal y el concejal que tenía que hablar aquel día resulta ahora prescindible. Pero allí estaba: el tipo que más música sabía al Sur de la Gran Bretaña sentado a mi lado, grabando cintas, preguntando todo lo que se le pasaba por la cabeza para una pieza radiofónica de un par de minutos. Cuando escuchabas su crónica en Radio Nacional descubrías la maravilla: había hecho una obra perfecta. Tenía todo lo que tiene que tener una crónica de radio. Sobre todo, música: la melodía secreta de las palabras, el ritmo de quien sabe usar el lenguaje oral, que es la primera poesía que inventamos los hombres para hablar a los demás. Para hablarnos a nosotros mismos.

En unos tiempos en los que cualquiera coge un micrófono, el gran Jurado era un artesano. Un absoluto frontera. Nos demostró que la tecnología no es –ni será nunca– el secreto de la radio. Se trata de otra cosa: emoción, acaso compartir un trozo de alma. No es un oficio sencillo. Requiere humildad, exigencia (con uno mismo), honestidad y personalidad. Pepón tenía todas estas cualidades. Y no se daba la más mínima importancia. Tampoco esperaba ningún premio. Durante mucho tiempo nos veíamos a diario. Rara vez hablábamos de trabajo. Los temas eran otros: viajes, música, vida. Aquel concierto en el auditorio de la Cartuja en el que nos encontramos para ver a B.B. King –¡Ladies and gentlemen, the King is in town!– o  aquella resurrección del disco The Birth of the Cool que se organizó en la Expo 92, cuando el muro de Torneo todavía era una referencia generacional compartida.

A estas alturas de la vida, cuando uno ya cuenta los años en función de ciertos discos y determinados libros, de repente descubre que los amigos ausentes, los que se van antes, nunca llegan a convertirse en un recuerdo. Siempre están con nosotros. Pepón, que tenía el corazón con más tonos que el saxo de Charlie Parker, va a ser eterno siempre porque cada vez que ponga un disco de jazz me voy a acordar de todo lo que me enseñó. Sin saberlo.

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