La caja italiana

En teatro, según la preceptiva clásica, rige un principio infalible: cualquier objeto que salga en escena debe ser necesario para la acción, que en dramaturgia siempre es un conflicto, o se convierte en peligroso. Las puestas en escena no toleran el ornamento ni el factor ambiental. Lo que se ve sobre las tablas –además de los actores– debe ser funcional o estorba. Cada acto tiene sus propias exigencias. Si contemplamos la imagen del Reverendísimo después de volver –cual feliz animador sociocultural– de Sharm el-Sheij (Egipto), allí donde Yahveh otorgase las sagradas tablas de la ley a Moisés, convendremos en que su nueva representazione tiene una evidente voluntad esencialista, pero naufraga: tres banderas, tres; el siempre sonriente Gran Laurel, que preside; los agentes sociales (pensionados) y dos consiglieri (El hombre que recibe llamadas y la titular de (Des)Empleo, de cuyo cognomen no queremos ni acordarnos. Hay más mesa (vacía) que personas. Y cada uno de los presentes tiene delante un cartelito con su nombre y condición, como si no se conocieran (y nosotros a ellos). Es una estampa idílica que representa una de las máscaras del statu quo indígena. 

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.