La espuma de los días

La infamia suele vestirse con terno de caballero respetable, como si acudiera todos los días a misa de a doce. Es curioso que en estos tiempos miserables, cuando la crisis saca de nosotros lo mejor y lo peor, algunos de los mayores impostores que he conocido parecen encarnar a seres perfectamente ordinarios, normales, educados. Hasta se diría que ejemplares. El impío espejismo de la educación y las costumbres nos permiten disfrazar nuestras miserias hasta convertir en sorprendente lo ordinario, que es una certeza: demasiadas veces el diablo se disfraza de hombre de paz.

Esta semana la juez Alaya, instructora del caso Mercasevilla, que se convirtió en el escándalo de los ERES cuando abandonó la esfera municipal e invadió la autonómica, ha mandado a prisión a Domingo Enrique Castaño, uno de los asesores claves del mandato como alcalde de Alfredo Sánchez Monteseirín. Castaño, que junto a Manuel Marchena formaba parte del círculo más próximo al anterior regidor, ya estaba acusado por la causa de la venta del suelo del mercado municipal de abastos a la inmobiliaria Sando, una de las mayores donantes del caso Bárcenas, que tiene en jaque al PP. Se ve que hacían aportaciones con espíritu ecuménico.

La imputación previa, todavía pendiente de resolución definitiva, por lo visto no le había alterado en exceso la existencia: se había quedado sin trabajo –si es que alguna vez lo tuvo en algo normal– y probablemente pensase con incertidumbre en cuál sería se suerte, pero, aparentemente, se dedicaba a esperar que su situación procesal se despejase mientras paseaba el perro, salía a tomar algo con su familia por la calle Feria o compraba el pan.

Si uno no hubiera leído el periódico, o se dedicase al efímero oficio de hacerlos, cualquiera diría que aquel tipo era un ciudadano corriente, honesto y respetable. Quizás todavía lo sea, pero lo cierto es que no lo parece. La nueva deriva que ha tomado el caso, a pesar de ser todavía una investigación y no contar con una sentencia firme, pone muy difícil sostener esta afirmación en el tiempo sin riesgos. Castaño ha estado inmerso en todos los asuntos delicados de la pasada etapa municipal y, según el auto de la juez, no puede justificar legalmente un supuesto enriquecimiento de más de 300.000 euros logrado en apenas seis años.

La principal prueba de cargo contra el ex asesor de Monteseirín, al que la magistrada le ha impuesto una fianza civil de más de siete millones de euros, es la declaración de un empresario, también inmerso en esta causa, que confesó que en su día dio un sobre con dinero negro a Castaño, presuntamente para financiar al PSOE. A cambio, el anterior gobierno local –o una parte de éste– adjudicaba contratos públicos a determinas empresas amigas en condiciones favorables. Un negocio redondo: se pagaba con el dinero de todos y el empresario, que conseguía las contratas sin competir, aportaba una prima que iba a parar a bolsillos particulares.

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Es la habitual rueda de la corrupción, que, igual que un toro sucio, no ha dejado de embestir con más o menos intensidad en las tres décadas largas de esta partitocracia que algunos todavía denominan democracia. El urbanismo fue un terreno abonado para estas prácticas, pero no el único. A la vista del caso Castaño, igual que sucedió en su momento en Marbella, lo que se constata es que desde en los aledaños de la propia Casa Real –el affaire Urdangarín– hasta el último asesor secundario de un ayuntamiento casi todos los cargos públicos de cierto perfil estaban atareados en lo mismo: enriquecerse mediante el cohecho, el tráfico de influencias y la intermediación, que es la única industria que sobrevive en España a la crisis galopante que nos acorrala.

No sé si Castaño es inocente o culpable. Eso tendrá que decirlo un jurado o, en su defecto, un juez. No sería pertinente condenarlo de antemano. Hay que esperar a que la causa culmine. Pero lo que parece indudable a la vista de los hechos es que ni en los tiempos pasados ni en los presentes se ha atajado de raíz el vicio del afano público, que pervive con independencia de cuál sea el partido, la causa o los motivos. Es una costumbre general.

La espuma de los días –dos años largos hace de la salida de Monteseirín del Consistorio y el inicio de la era Zoido– no ha conseguido siquiera borrar la marea de sordidez, sin nobleza alguna, que ha acompañado a la política municipal en Sevilla desde hace lustros. Nos han gobernando, y nos gobiernan, delincuentes que pregonan su santidad. No hay que darle más vueltas. Ya lo decía Julio Camba en un célebre artículo. El escritor gallego se encontraba con un concejal en el Ateneo y éste lo saludaba con vehemencia: “¿Cómo está usted, señor Camba. Muy honrado de saludarle”. A lo que el articulista gallego siempre respondía. “Por supuesto que muy honrado, señor teniente de alcalde. Pero sólo yo. De usted, la verdad, no me atrevería a decir lo mismo”.

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