La forja secreta del diablo

“No temo nada ni quiero nada”. Las renuncias nos convierten en seres indestructibles. Hunter S. Thompson (Louisville, Kentucky, 1937-Woody Creek, Colorado, 2005) escribió esto a una amiga en 1958. Empezaba a ser consciente de la dureza del oficio de escritor, que entonces se diferenciaba muy poco del periodismo. Ambos consisten en lo mismo: sentarse ante el folio y dejar que fluya el interior. Si tienes talento serás una referencia. Pero si sólo eres “un cagatintas” puedes ir y apuntarte al club de los rotarios, uno de los poderes fácticos que, según él, condicionaban el periodismo norteamericano. La suya siempre fue una senda alternativa, mayormente tremendista.

Nos lo explicó W. B. Lewis: “Es un individuo solitario, que confía en sí mismo y se motiva solo, dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa que le aguarde sin contar con más ayuda que sus propios recursos personales”. “Cuando tenga necesidad de escuchar juicios sobre mí, llamaré a un cura”, le contestaría Hunter, el gran cazador solitario. Con el paso del tiempo Thompson terminaría haciéndose célebre. Le ayudaron algunos episodios excéntricos, repetidos sin descanso en las películas y libros sobre su singular método periodístico –el estilo gonzo–, y firmar en el año clave de la contracultura –1966– un libro-reportaje sobre la salvaje banda de motoristas de Los Ángeles del Infierno, una versión extrema del nihilismo al modo de California. Hasta entonces fue un don nadie, un muerto de hambre, un poeta (secreto) sin dinero. Un cronista que hacía periodismo basura, preferentemente en la sección de deportes. Igual escribía de caballos que de un torneo de bolos.

Su cabalgada junto a Los Ángeles –que después lo molieron a palos, confirmando que hasta los más brutales outsiders no toleran verse desfavorecidos al asomarse al espejo– le permitió saltar de escala, cambiar con promiscuidad de periódicos y revistas y terminar como ácido cronista político –arbitrario, como debe ser– y reportero total que cuenta la realidad por el singular procedimiento de inventársela. Porque, como todos los grandes periodistas saben, y dejó dicho Faulkner, si te inventas bien la realidad ésta termina siendo perfecta. Thompson decía que los demás sólo se reían de él cuando decía la verdad con ironía. El mejor chiste consistía simplemente en contar los hechos. Toda una disidencia propia de un maldito demonio. Porque lo que en realidad hace gracia no es la verdad propiamente dicha, que nunca tiene solución, sino este pavor frío, la excitación, que genera que un hombre –loco– se atreva de pronto a decir las cosas como son. Sin anestesia.

El periodista terminó así convertido en su personaje. Era el tarado que fumaba dunhills con boquilla, extraña prevención cuando uno se ha puesto antes hasta el orto de ácidos lisérgicos y alcohol. Un tipo capaz de presentarse a sheriff de Aspen (Colorado) junto a una pandilla de hippies y raparse la cabeza sólo por el gusto de llamar “maldito melenudo” a su adversario sin faltar a la verdad, que es lo único sagrado para un periodista, incluso aunque al final te la inventes. Esta etapa de locura y neurosis está descrita en Miedo y Asco en Las Vegas o en Los diarios del Ron, la novela primeriza que no vio editada hasta décadas después. Ambas obras son cimas de un nuevo periodismo impertinente, bastardo, aquel que sólo se respeta a sí mismo, alejado del savoir faire del Tom Wolfe vestido de blanco y azul que encarna la estampa canónica del new journalism.

El escritor gonzo [Cartas de aprendizaje y madurez], que es el volumen que ahora Anagrama ha dado a la imprenta, trata un registro desconocido de Hunter: su carpintería. Aparece, por supuesto, una parte de este Thompson mítico, irredento y satánico, un salvaje que se esconde entre visillos, pero también se vislumbra otro escritor: el verdadero Hunter, aterrorizado por la vida. Dada su condición epistolar, el libro puede leerse casi como si fuera una biografía involuntaria, sin disquisiciones molestas. Pura primera persona. La única voz sirve para mostrar la raíz interior que explicaría todos los posteriores alaridos públicos del autor. La antología de Anagrama recoge 250 cartas escritas durante tres décadas a amigos, magnates, editores de periódicos –desde las publicaciones de la prensa underground, convertidas después en referencias del mainstream, a algunas vacas sagradas del mundo editorial norteamericano, como los propietarios de The New York Times o The Washington Post–, amantes, admiradores, colgados, enemigos persistentes y todo aquel a quien Thompson deseara decirle algo por escrito.

Podía ser para mandarlo al infierno –son gloriosas son sus misivas de ira– o expresar, con una ternura envidiable, la extraña solidaridad que vincula a los que se sienten solos entre la multitud. Hunter escribía correspondencia desde cualquier sitio, allá donde estuviera. Preferentemente lo hacía de noche, con un whisky en la mano y lleno de incertidumbre y miseria. Se agarraba a estas cartas –su conexión con el mundo exterior durante muchos de sus encierros creativos en Woody Creek, donde terminó quitándose la vida de un tiro– para superar sus miedos, explicar su titánica lucha con la prosa y confirmar que, pese a que el mundo hubiera admitido a su personaje público –un periodista excéntrico y sin remedio–, el lobo estepario en realidad seguía escaso de afecto, huérfano de abrazos y con profundas carencias emocionales. Algo imposible de resolver en su gremio:

“Los periodistas son una banda de cerdos rastreros, incluso los que quieren ayudarte y tratarte con simpatía (…) Es una vergüenza que un terreno tan potencialmente dinámico y vital como el periodismo norteamericano esté plagado de zoquetes, inútiles y cagatintas, dominado por la miopía, la apatía y la complacencia y, en términos generales, estancado en un lodazal de mediocridad inmovilista”.

Por momentos, este Thompson íntimo alcanza instantes de calidad literaria equiparables a los de Henry Miller, el padre de su estirpe. Estilo directo, sinceridad suicida, una extraña habilidad para obtener poesía de la basura y un lirismo de metralleta que deslumbra porque conecta con el discurso interior del salvaje que casi todos llevamos dentro. Quizás por eso sus textos han resistido tan bien el paso del tiempo: la contracultura ya es historia; ahora todo es indie. En ellos todavía late la honestidad brutal que tanto asusta a los hipócritas. Un ejemplo. Discurso para pedirle trabajo a un editor:

“No soy muy simpático, detesto a la gente y sólo quiero que me dejen en paz. No hay como tener buenas referencias, pero prefiero ofenderle ahora a tener que hacerlo cuando ya trabaje para usted”.

A Thompson lo despidieron de un periódico de pueblo por destrozar una máquina de golosinas de un puntapié. “Es que se quedó un dólar”, dijo. Parecía un diablo salvaje. Pero en realidad no trataba más que de darle la razón a E.E. Cummings: “No ser más que uno mismo en un mundo que se esfuerza día y noche por hacer que seamos de otro modo significa librar la batalla más difícil que conocen los seres humanos. Una batalla que nunca dejamos de librar”. Aunque sea a patadas.

Artículo publicado en Diario de Sevilla

[12 agosto 2012]

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