La industria de los redentores profesionales

de la sociedad española empezó a confundir el derecho constitucional de portar una bandera, la que fuere, con la certeza de tener siempre la razón. Evidentemente, se trata de dos cosas absolutamente distintas. Cualquiera puede salir a la calle a reclamar de forma pacífica y civilizada lo que considere conveniente –es uno de los derechos fundamentales protegidos por cualquier democracia– y, otra, radicalmente diferente, presumir sin dudar que lo que se demanda es justo y necesario (por decirlo en términos evangélicos) de forma automática, como si realmente existiera una relación causa-efecto entre pedir algo y obligatoriamente obtenerlo. La historia, que para Cicerón era maestra de vida y para Cervantes la madre de la verdad, nos enseña justo lo contrario: muchas de las causas sociales más nobles tuvieron que luchar contra la incomprensión o fueron perseguidas no solo por sus planteamientos, sino porque, al manifestarse, funcionaban como un espejo, mostrando verdades que la mayoría circunstancial de cada momento no quería ver.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

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