La ley de las mareas

El soberanismo, al que todos los días del año, noches incluidas, consagran sus esfuerzos los nacionalistas –esos seres prístinos a los que guía un desinteresado amor en favor de las hordas patrióticas–, no implica libertad de decisión, sino la elección (relativa) de una variante distinta de dependencia. Se trata de una evidencia: la autonomía teórica deja existir desde el mismo instante en el que todos tenemos que vender nuestro trabajo (a los demás) para sobrevivir. Aquellos incapaces de hacerlo sólo tienen a mano un burdo remedo: venderse al mejor postor. Obviamente, está mal visto pero, si encuentras a un bobo solemne dispuesto a patrocinar tu rendición profesional, la cosa, al menos durante un tiempo, puede incluso llegar a ser rentable.

Los Aguafuertes del lunes en Crónica Global.

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