La parte que no es el todo

La metonimia es una figura retórica que consiste en dislocar los significados previsibles. Entre otras variantes, suele designar una cosa identificándola con una sola de sus partes. Sobre ella se sustenta una de las joyas de la literatura: la metáfora, que no es más que una metonimia excesiva; una disidencia en relación a la norma lingüística que sólo en el caso de los buenos poetas enriquece la mirada sobre las cosas. Toda metáfora descubre una realidad oculta. También revela la personalidad de quien la construye. Al menos, eso nos explican los estructuralistas (Jakobson), que definía su modus operandi con un hermoso término: magia por contacto.

En Sevilla, que a su manera es una ciudad estructuralista, siempre encerrada en sus casillas sociales, se abusa con frecuencia de la metonimia tradicionalista. Probablemente por herencia de los tiempos del famoso NO-DO, cuando quienes ganaron la guerra –a tiros– consideraron que la suya era la única España posible, obviando a la otra media, la perdedora. Esta perspectiva contaminó el lenguaje, las banderas y toda la vida cotidiana hasta el punto de que todavía hoy a algunos les cuesta decir el nombre de este país sin incurrir en ciertas justificaciones. Como si la lengua, que es la única patria cierta, fuera también una conquista militar.

El caso es que este tropo expresivo, en su vertiente parda, persiste en el lenguaje costumbrista y se ha refugiado incluso en ciertos periódicos, en los que a la realidad, que anda suelta por la calle, se la quiere constreñir en los moldes de nuestros abuelos. Un ejemplo es lo que ha pasado esta Semana Santa con la cuenta oficial de twitter del alcalde.

Zoido, es de suponer que en un exceso místico fruto del incienso, se ha pasado la semana escribiendo (es un decir; él tiene quien le redacte las cosas) profusos comentarios, mensajes y arriesgados versículos (bíblicos mayormente) sobre las cofradías. En varios de ellos se produjo el famoso trasvase significativo por contagio del que habla Jakobson, aunque en este caso sin demasiada magia. Además de abrazos generales –se supone que sinceros– Zoido habló de “los pecados de todos” y comparó a “toda Sevilla” con el singular mundo de las cofradías. De tal asociación sólo se deduce una cosa: el regidor, que formalmente lo es de todos, cree que todos (nosotros) somos como él. Negativo, november, como dice la Policía Local.

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La incontinencia religiosa del prócer hispalense –era de esperar– ha dado mucho que hablar. En un Estado que se define como aconfesional las declaraciones de fe de los políticos deberían limitarse al ámbito privado. El alcalde es libre de escribir en su twitter lo que estime conveniente. Está en su derecho. Cuestión diferente es que lo haga en la misma cuenta que usa para anunciar sus golpes de efecto y dar publicidad a las escasas acciones del gobierno municipal. Identificar a “toda Sevilla” con su Sevilla es algo preocupante incluso si se hace sin mala intención, ya que anula la posibilidad –evidente– de que existan sevillanos que no se sientan representados por estas expresiones de fervor cofrade. Morado, desde luego.

El episodio, además de su vertiente lingüística, tiene una derivación que nos sitúa en el campo del psicoanálisis. No es que creamos que el regidor necesita tenderse en el famoso diván freudiano. Líbrenos la Virgen de semejante ocurrencia. Pero en el abuso de la metonimia (sevillana) palpita uno de los objetos de estudio de los psiquiatras: la extraña forma de comportamiento del inconsciente. El lenguaje es la estructura de nuestro pensamiento. Pensamos como hablamos. Escribimos como somos. Lo que significa, siguiendo a Lacan, que lo de Zoido con las hermandades no es un desliz humano, sino un proceso psíquico que debería ser tenido en consideración y, quizás, hacérselo mirar.

Bastaría para sacarnos de dudas que el alcalde dijera la verdad: su twitter no lo maneja él, sino un propio. Como no creo que lo haga, la duda seguirá atenazándonos. No sabremos pues si el primer edil piensa de verdad lo que escribe en las redes sociales o todo se debe a un escudero que en lugar de leer escucha demasiado a El Arrebato. La parte nunca es el todo. Sevilla no se limita a las cofradías, el flamenquito y los habituales palmeros. Ni siquiera la Iglesia, tan grata para nuestro regidor, siendo una institución tan centralista, es unívoca. Existen tantas Sevillas como creyentes católicos. Las diferencias, por otro lado, saltan a la vista: mientras el Papa Francisco le lava los pies a los presos y parece anunciar una Iglesia algo menos inquisitorial, Zoido nos deleita con “la gracia del manto torero de la Virgen del Refugio, orgullo de San Bernardo”.

Si el consejo (de cofradías) tiene dudas sobre quién debería dar el pregón el próximo año desde aquí le mando –humildemente– mi propuesta: ¡Zoido, al atril del Maestranza!

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