Las geografías oníricas

La infancia es la edad del hombre que está más sobrevalorada. Tiene excesiva buena prensa. Suponemos que se debe sencillamente a que antes o después llega un momento en la vida en el que irremediablemente crecemos, cambiamos, envejecemos y nos transformamos en otra persona. Este proceso natural, que a algunos les parece un trance doloroso, implica tener que aceptar la realidad y abstenerse de soñar. O hacerlo de forma diferente: con un pie siempre en el barro. Erich Auerbach escribió en 1946 un ensayo de literatura comparada —Mímesis— en el que analiza la representación de la realidad dentro de la tradición occidental. Su conclusión es que en la historia de nuestra cultura conviven dos tendencias opuestas: la idealización, esa vieja costumbre de los clásicos, y la vulgarización, un rasgo propio de la conciencia moderna, de la que deriva el prosaísmo como retórica literaria contemporánea. A partir de la tensión entre ambos paradigmas puede explicarse toda la creación literaria desde Homero.

En política ocurre un fenómeno similar: el nacionalismo  inventa, retorciendo o manipulando determinados hechos históricos, su mitología. Últimamente esta costumbre se ha desplazado también al bando contrario. Nos referimos, obviamente, a la imaginaria Tabarnia. Pero lo que en artepuede ser perfectamente válido en la vida real puede significar un acto de inconsciencia. La historia está llena de utopías benéficas que terminaron convertidas en campos de concentración, como explica Camus en El hombre rebelde. Inventar geografías oníricas es una costumbre tan antigua como el ser humano. Sí. Pero al mismo tiempo se trata de un atávico vicio infantil que, aplicado a cuestiones tan serias como gobernar a los demás, puede conducir a toda una sociedad al caos. Los países imaginarios de la literatura son artificios verbales que no están sujetos a la prueba de referencialidad, necesaria para distinguir la realidad de los cuentos. Lo inquietante de la fábula soberanista, rasgo compartido también ahora por su variante tabarnesa, es que ambas naciones fabuladas menosprecian por completo el peligro que supone intentar convertir en verdadero lo que sólo es fruto de la elucubración. Los cementerios están poblados de víctimas de ideas similares. Si además se trata de una patria idílica, a la manera de la República Catalanufa y de su reciente gemela, es probable que la ficción termine degenerando irremediablemente en estafa. Las cosas no son como las imaginamos. Son como las interpretamos, que no es lo mismo.

Un texto literario tiene el poder de contar la verdad a través de una sucesión mentiras. Ésta es la forma tradicional de fabricar héroes tribales y líderes comunitarios: expresar, a través de la figura de un individuo, la voz de un pueblo. Técnicamente la creación de un patria imaginaria se llama paracosmos. Según los psicólogos infantiles es una forma de fantasía natural y espontánea que sólo más tarde toma el disfraz de los géneros literarios. Desde la Biblia, donde se enuncia el jardín ideal del Edén –palabra que en hebreo significa delicia–, hasta Tabarnia, un país imaginario casi siempre es una proyección sublimada de las carencias que se han sentido en carne propia. Los frutales de Génesis son los que no había en el desierto donde vagaba el pueblo judío. Paraíso es una palabra griega que remite a un término persa que identifica a un lugar cerrado. Primera lección: no existe paraíso imaginario sin fronteras.

Los ejemplos de naciones oníricas son infinitos: el Olimpo de los dioses helenos, el Parnaso de los poetas, el Dilmún de los sumerios, el Walhalla escandinavo, la isla Pomorum de los celtas, los homéricos Campos Elíseos, el Inferno del Dante, The Paradise Lost, de John Milton o la Barataria de El Quijote. Casi todos adoptan la forma del señorío. Segunda lección: no existe nación inventada sin un monarca absolutista, aunque el poder a veces se disfrace bajo las múltiples formas de la horda. Los hombres del Renacimiento, que fue la era de los grandes descubrimientos geográficos, bautizó con nombres imaginarios, como la California de los libros de caballería, los nuevos territorios entonces desconocidos para los occidentales. La literatura saltaba la frontera para nombrar a la realidad. En el siglo XVIII estas invenciones geográficas adoptan la forma de las naciones simbólicas –los vanidosos enanos del Liliput de Swift, la república de caballos sabios de Houyhnhms o la isla de Laputa, una representación metafórica del imperialismo, todos ellos visitados por Gulliver– o se constituyen en proyectos políticos como la Utopía de Tomás Moro, un mundo sin pobreza pero lleno de esclavos.

La estirpe es extensa. Entre sus demiurgos figuran escritores como R. L. Stevenson (La isla del tesoro), Tolkien (El Señor de los anillos), Lewis Carroll (Alice in Wonderland), Lovecraft (Los mitos de Cthulhu), Borges, hacedor del mundo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, sacado de una entrada de la Enciclopedia Británica; Italo Calvino (Las ciudades invisibles), Rulfo (Comala), García Márquez (Macondo), Juan Carlos Onetti (Santa María) y el maestro de los dos últimos, el deslumbrante Faulkner, pantócrator del condado de Yoknapathawa. Sobre la topografía de estos sitios verbales escribieron hace unos años una estupenda guía ilustrada Alberto Manguel y Gianni Guadalupi, donde explican que los padres de estos territorios tienen un rasgo común: viajaron relativamente poco en su vida real. “Stevenson”, sostiene Manguel, “decía que viajar era el arte del desengaño y muchos escritores, para no desengañarse, inventaron su propio lugar”.

Todos son creaciones artísticas. Ejemplos de la capacidad creativa del ser humano. Muestras de su afición a deleitarse con sus propias fantasías. Las naciones que nos prometen los políticos, en cambio, son otra cosa distinta: trampantojos de quienes sólo fabrican una coartada colectiva para lograr sus afanes personales o necesitan un público que financie su teatro, igual que un escritor fantástico depende de que todos sus lectores acepten el pacto ficcional, ese acuerdo tácito que consiste en aceptar la suspensión (temporal) de la incredulidad para dotar de verosimilitud a un universo narrativo. En literatura imaginar geografías inexistentes es un placer impagable: nos permite viajar sin movernos del sofá. Ser crédulos en política, en cambio, conduce al desastre.

Letra Global

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