Los hijos del arroyo

La política posmoderna, donde nada es verdad porque todo es mentira, ha instalado en la nueva generación que ejerce el poder, casi siempre por designación directa de sus mayores, la extraña convicción de que pueden presumir de injusticias que no han vivido y agitar (en su beneficio personal) un resentimiento comunal que sólo existe dentro de su propia cabeza. Se trata de una singular forma de pervertir la institución jurídica de la sucesión, que antes acostumbraba a legar el patrimonio a los descendientes y, ahora, pretende hacerlo también con los supuestos derechos (morales) del rencor. Parece un fenómeno nuevo, pero no deja de ser un delirio ancestral. Una idea fija que, establecida a la manera de un dogma -por revelación-, suele disfrazarse primero de humanismo para después predicar -y practicar- el totalitarismo propio de los falsos redentores. Su lógica es: los de abajo -como diría Mariano Azuela, gran novelista de la Revolución Mexicana- deben vengarse de los de arriba. No hay más.

Las Crónicas Indígenas en El Mundo.

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