Los huérfanos del desencanto

vendaval de calamidades. Una guerra sin cuartel por prevalecer ante el contrario. La mayoría de las veces no arregla nada de lo importante y complica lo esencial. Probablemente por eso sea tan rentable –en el corto plazo– para su actores principales y una desgracia (recurrente) para los cómicos secundarios, ese grupo en el que estamos los que (todavía) votamos. Desde 2008, cuando la crisis económicacomenzaba a clausurar la etapa de prosperidad y estabilidad más larga de nuestra historia reciente –el portazo definitivo tuvo lugar en 2010, el día en el que Zapatero se suicidó (simbólicamente) en el Congreso, aplastado por el peso inmisericorde de la realpolitik–, las cosas se han sucedido a una velocidad de vértigo. En general, para peor. España es mucho más pobre que antes. Tiene bastante más deuda, más desempleados e infinitos sepelios y lágrimas pendientes. El futuro es más incierto que nunca. Y la muerte, entendida como un hecho comunitario en lugar de individual, parpadea todos los días en las pantallas de los teléfonos móviles –nuestros nuevos señores feudales– camuflada en las estadísticas de la pandemia.

Los Aguafuertes en Crónica Global.

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