Mark Twain, el emperador del aforismo

El pensamiento, igual que el movimiento, se demuestra andando. Literalmente. Pensar, ejercicio intelectual en desuso, implica darle vueltas a las cosas, perseguir el secreto que se esconde detrás de lo aparente y, en ocasiones, cambiar de opinión. Una idea fija es un dogma; otra, en movimiento, una bendición. Razonar es un viaje donde no hay guía ni mapas y es uno quien construye el camino, asfalta el sendero y, en el caso de los auténticamente grandes, lo deja pavimentado para que otros continúen abriendo la trocha de la confusión y la mentira. La filosofía reúne la sabiduría de los hombres sabios y las civilizaciones ejemplares; la literatura de ideas, su variante prosaica, nos muestra la profundidad de las enseñanzas basadas en la experiencia, más que en el estudio. Entre sus más notables representantes está Mark Twain (1835-1910), padre de la literatura norteamericana, notable periodista y orador de fama indiscutida, un auténtico emperador del aforismo, una suerte de poesía del ingenio (escrita en prosa) que consiste en condensar en una frase breve un pensamiento, una reflexión, la profundidad de campo de quien mira la vida sin necesidad de engañarse.

Las Disidencias en #LetraGlobal.

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