El melodrama de los buñuelos de nata

La cosa, en el fondo, no deja de tener gracia. Sobre todo porque ellos nos la presentan como una lacrimosa descomunal. Nuestros queridísimos costumbristas, que siguen dándonos motivos para abandonar el placer íntimo del silencio, andan estos días sumidos en una trágica contradicción. Digamos que padecen una profunda duda ontológica. How deep is your love? En español podríamos formularla así: cómo estar (y al mismo tiempo no estar) en contra de los veladores, esa marea infinita de mesas que ha convertido lo que antes llamábamos Sevilla en una ciudad-abrevadero. No se rían. Se trata de una cuestión seria, metafísica, teológica. Nuestros costumbristas, que aspiran a imponernos su particular canon de vida, su idea de Sevilla y sus traumas de la infancia –en pantalón corto, por supuesto–, hasta el momento eran firmes partidarios de eliminar los veladores de las calles.

Por fin coincidíamos en algo, aunque sus motivaciones –deo gratia– no eran exactamente las nuestras. A ellos nunca les preocupó demasiado la ocupación irregular del espacio público. No. Eso les da igual porque una de sus más caras tradiciones –la Semana de la Santa Vanidad; dos pasos, túnica de capa– consiste en privatizar el espacio colectivo para poner sillas, terciopelos y vallas con los que hacer caja gracias a los piadosos desfiles procesionales de nuestra fiesta mayor. Su motivación auténtica, lo sabemos muy bien, es distinta. Mayormente, es la misma de sus escritores favoritos, los excelsos autores del idealismo sevillano. Para todos ellos, igual que para bastantes de nuestros costumbristas, la gente normal mancha. Es una molestia porque nadie iguala su categoría social y personal. Su Sevilla ideal es una ciudad sin sevillanos, pero no como la de Machado, sino una Sevilla en la que sólo deben morar ellos, los elegidos, verdaderos representantes de la distinción a la manera hispalense.

Los veladores, por supuesto, están llenos de gente vulgar. Estorban, aunque sus razones son clasistas más que regeneracionistas. Pero, fíjense ustedes cómo es de cruel la vida, que la campaña –temporal– que el Ayuntamiento está haciendo para regular el exceso de mesas, sillas y demás artilugios diseminados por las calles va y topa con La Campana (la confitería). Las lanzas entonces se tornan cañas, estandartes y simpecados. Y todo lo que era necesario se convierte en afrenta. ¿Cómo es posible tal conversión? Sencillamente obedece a que, como la ley es igual para todos, los incluye también a ellos, que al parecer toman café –lo digo yo, lo dices tú, el mejor café Catunambú– en ese templo de la sevillanía militante que vende fruta escarchada, palos de nata and all these stuff.

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Como siempre, había que salir a la calle en defensa de las tradiciones. Antes, los ayatolás usaron sus tribunas para alertarnos de la tropelía, consumada por un gobierno local en minoría, apoyado por los comedores de flores de los comunistas y los antisistema. ¡Algo intolerable. Inaudito. Escandaloso! Su indignación, como era natural, produjo una movilización –no diremos que ejemplar– en favor del centenario obrador de pasteles. Fue lo que ellos llaman sociedad civil, que casi siempre se limita a los empresarios del ramo del comercio y la hostelería, industriales con intereses bastante particulares. Al igual que ya ocurrió con La Raza, cuyo dueño quiere conservar el alquiler prehistórico que paga por ocupar un espacio que es de todos fingiéndose víctima de una campaña política, convocaron una concentración para que Toda Sevilla supiera lo que estaba en juego.

Y allí se plantaron, entre otros, el heredero del hostelero de capilla de Monteseirín, que destrozó el Laredo y desde entonces pone mesitas de noche en la Plaza de San Francisco, o el dueño de Becerrita, ese restaurante que coloca veladores hasta en el carril bici de la Ronda Histórica y suele equivocarse –no una, ni dos, sino hasta tres veces seguidas– en las cuentas de los comensales; unidos iban todos, de forma desinteresada, por la noble causa. Más que una concentración, lo que habría que haber hecho allí era una redada fiscal, aunque de esto, si quieren, hablaremos otro día. Para atraer público los dueños de La Campana repartieron café y buñuelos de nata. No ellos, por supuesto, sino un señor camarero que nos lanzaba –lo diremos al modo contemporáneo– la idea-fuerza de la campaña de propaganda: “Este Ayuntamiento de rojos nos hostiga, conseguirá que perdamos el empleo y quiere destruir un negocio centenario”. Un melodrama sin lágrimas pero con bastante nata montada.

¿Cómo resistirse ante semejante endecha? Total, por once veladores de nada. La prensa indígena mordió el anzuelo –algunos llevan mucho tiempo comiendo gratis por favores similares– y reprodujo la propaganda del monaguillo más querido por Zoido –enhorabuena, ministro, tanta gloria lleves como paz nos dejas– sin contar cuántas mesas tiene La Campana. Si hubieran contado habrían reparado en que la pastelería duplica –como mínimo– las sillas que sus dueños dicen tener autorizadas. Y eso sin contar las mesas que, cuando les viene en gana, ponen en Sierpes, hipotecando la mitad del espacio disponible para caminar. La Campana, sin contar el rosario de mesas y sillas de media tarde, tiene tantos veladores como las dos cadenas de comida rápida con las que comparte su enclave. Como mínimo, sobran la mitad.

Nada de esto importa mucho, por supuesto. Incluso los conservacionistas de Adepa apoyan el trato diferencial en favor de La Campana con un argumento soberbio: “Los veladores que estorban son los de las hamburgueserías, los de La Campana llevan ahí toda la vida”. Hubiera sido más exacto decir: toda su vida. La historia de Sevilla, por fortuna, es más extensa que la suya. Admitirán ustedes, queridos indígenas, que como argumento jurídico se trata de una razón irre-ba-ti-ble. La Sevilla Eterna siempre tiene preferencia y puede saltarse la ley cuando guste. Ésa es su tradición. El delirio es tal que hasta un ilustre pregonero –todos aspiran al atril de la Maestranza, el Parnaso indígena– ha llegado a decir que La Campana debería recibir subvenciones por conservar «el patrimonio cotidiano». Épico.

La idea revela cuál es su idea de la correcta administración del dinero ajeno: nuestros impuestos deben usarse, qué duda cabe,  para que ellos tomen la leche manchada en vaso largo, servida por una camarera con cofia y los tocinos de cielo les salgan algo más baratos. Eso es señorío. Al parecer, no les bastó con equiparar el instante de la magdalena de Proust con los difuntos churros del Arco del Postigo. No. Ahora quieren que los nazarenos de caramelo estén pensionados.

Por supuesto, nadie desea que cierre La Campana, aunque no sea –ni de lejos– el Caffè Florian de Venecia. Lo único que algunos ingenuos queremos es que se cumpla la ley, que debe ser ecuménica. La calle es de todos, especialmente de los peatones. Todos somos sevillanos a pesar de que algunos, encerrados con su propio juguete, o quizás excitados con el sonajero de los pregones inminentes, nos recomienden –a la manera parda– que nos marchemos de Sevilla para que ellos puedan soñar con ser los poetas predilectos de este erial. Se lo decimos con una sonrisa: ¡os vais a joder, muchachos! Lo sabemos bien: libramos una fiera y desigual batalla. Pero ganaremos. Cada uno es como Dios le hizo, incluso aún peor muchas veces, pero, como escribió Cervantes, “la verdad siempre adelgaza y no quiebra el ánima”.

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