Retrato de peatón con semáforo

Roberto Arlt, nuestro santo y patrón en el arte (prosaico) de escribir columnas de periódico, decía que el periodismo, bien entendido, es un oficio para vagos y audaces. De este juicio se infiere su gran principio cartesiano: “Yo atorro, luego existo”. El escritor argentino compuso sus artículos –hace ahora casi un siglo– en el idioma de los argentinos, desde las aceras rotas de un Buenos Aires que perdía sus esquinas rosadas y sus almacenes de abarrotes de una sola planta para convertirse en una metrópolis periférica y desquiciada. Según el diccionario, un atorrante es un perfecto holgazán, un vagabundo, un desvergonzado. En lunfardo –el lenguaje poético del tango– la palabra expresa otra cosa distinta: una forma maléfica de admiración. La que se profesa por los sofistas de callejón, esos tipos dementes cuya vocación íntima es pelear –sólo con la palabra– a la contra. Estamos pues en el sitio correcto.

Los Aguafuertes de los lunes en Crónica Global

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