Lledó, el sabio de la diáspora

Que a Emilio Lledó (Sevilla, 1927) le den un premio ha dejado de ser una novedad. Los tiene todos. O, al menos, los más prestigiosos en el campo (infinito) de las Humanidades, que son las ciencias que nos explican y que, asombrosamente, los sucesivos gobiernos -da igual su signo político- arrinconan cada día en los planes de estudios y las academias, al paso que favorecen el imperio (doctrinario) de los Estudios Culturales, donde el sentido crítico -el cimiento de cualquier educación digna de tal nombre- se sustituye por el dogmatismo de los ofendidos profesionales. Toda la trayectoria intelectual de Lledó, que desmiente el cruel oxímoron del pensador sevillano, y que esta semana ha recibido la Medalla de Oro al Mérito […]

Camarón, el oro del mito

En la Marisma tenemos la costumbre (ancestral) de confundir lo particular con lo comunal. Pensamos que lo estrictamente privado es -o debería ser- público, que no es exactamente lo que pertenece a todos, sino la categoría funcional que asignamos a bienes supuestamente colectivos que administran, no siempre con acierto, las administraciones. El fenómeno, uno de los pilares secretos de la tradición indígena, es corriente en política, donde los gobernantes usan las instituciones como si fueran la extensión de su patrimonio personal o el mayorazgo de sus respectivas familias. Últimamente se ha trasladado al ámbito de la religiosidad popular -convertida así en un materialismo de incienso– y la cultura. El Bestiarium en El Mundo.

El sectarismo de los mandarines

Clifford Geertz, padre de la antropología simbólica, escribió hace 30 años un libro —La interpretación de las culturas— donde, en línea con Max Weber, defiende que la cultura, eso que la mayoría de las veces nadie sabe definir muy bien porque sus límites se han ampliado hasta designar un sinfín de realidades dispares, no siempre amables, es una “telaraña de significados”. Una red de sentido. La placenta en la que pensamos. El símil nos parece exacto si exceptuamos la paradoja de que somos al mismo tiempo la araña que construye su trampa en el aire y sus víctimas. Nuestros mitos pueden terminar devorándonos. Los Aguafuertes en Crónica Global.

Cervantes, el extranjero en su patria

Fernando Savater, uno de los indiscutibles sabios de este país, acostumbra a decir que una de las características del desastre español, ese fantasma que creíamos muerto y enterrado, pero que cada cierto tiempo resucita para desmentirnos, es que cada gobierno que alcanza el poder cambia, sin dudarlo un punto, la ley de educación implantada por su inmediato antecesor. Da lo mismo si la pragmática –usamos aquí el noble término cervantino– es buena o mala, bienintencionada o sencillamente estéril. No importa: se altera porque se trata de una ley ajena, hecha por otros, incurriendo en lo que podemos calificar como una reforma sectaria. Los Aguafuertes en Crónica Global.

El flamenco y los tontos de capirote

Antaño, cuando la educación todavía no se había estropeado, no se podía pasar de curso sin superar todas las asignaturas y la vida se distinguía de lo que podríamos denominar el mundo piruleta de la sororidad, paradigma de los activistas adolescentes, solía decirse para expresar la temeridad que supone hacer afirmaciones categóricas sin un análisis previo de cualquier asunto que la ignorancia era osada. Era una forma piadosa de no llamar tontos a los tontos. En estos tiempos, digitales y extraños, ya sabemos que los ignorantes pueden ser ágrafos escolarizados y, por supuesto, formar parte de un Parlamento, representando a sus iguales. Parece ser el caso de Jenn Díaz, diputada de ERC, de profesión sus libros. En un ejercicio asombroso, la […]