Talese, periodismo en extinción

“Para vivir fuera de la ley debes ser honesto”. La frase, utilizada por Dylan en una de sus mejores canciones (Absolutely Sweet Marie), se ajusta como un guante a la historia que, por otra parte, da pie a algunas preguntas melancólicas: ¿Qué diablos hemos hecho con este oficio? El último libro publicado por el norteamericano Gay Talese (Ocean City, New Jersey, 1932), Honrarás a tu padre (Alfaguara), es un relato periodístico primario. Esto es: cuenta una historia. Nada más. Nada menos. Una actividad tan compleja que ha dejado de hacerse (en la mayoría de los casos) en los periódicos, que es donde aprendió a hacer su trabajo este escritor exacto, capaz de sumergirse en un asunto durante siete años para poder comprenderlo por entero antes de hacer lo que todos los cronistas hacen: contárselo a los demás. Rara avis. Verdadera especie en vías de extinción en una época en la que el periodismo, siempre en crisis, parece haberse reducido a un tweet o a la confidencia obscena de una portera.

Talese, de ascendentes italianos, calabreses por más señas, hijo de un sastre, circunstancia que explica su apasionado amor por los ternos bien cortados, las corbatas, los pañuelos a juego y los sombreros Stetson –así es como debería vestirse un hombre, pensarán algunos–, es uno de esos ejemplos, cada vez más inusuales, que hace unas décadas poblaban las redacciones de su país, que es donde mejor se ha puesto en práctica aquella regla que dice que este oficio consiste en andar (escuchar) y contar, aunque sea menos famoso que Tom Wolfe (el hombre vestido de blanco, el cronista lisérgico de Park Avenue), al que usualmente se le adscribe la paternidad (compartida) del nuevo periodismo, esa vieja costumbre de describir la realidad diaria como si se tratase de una novela (la verdad de las verdades, contradiciendo a Vargas Llosa).

La génesis de este invento, ya se sabe, fue la publicación de A sangre fría de Truman Capote. Después vinieron las variaciones tóxicas (la locura libérrima de Hunter S. Thomson, el creador del gonzo) y también los titanes violentos (Norman Mailer). Y, entre ellos, un dandy llamado Talese, que en 1971 decidió compendiar en algo más de seiscientas páginas las vivencias íntimas (y secretas) de la familia Bonnano, un clan mafioso trasterrado desde la violenta Sicilia rural a la Norteamérica de los sueños que se tornaban, en demasiadas ocasiones, en pesadillas. La historia de los Bonnano, inspiración según algunos de la serie Los Soprano, variante burlesca de El Padrino, la tragedia moderna en tres actos que Coppola rodó sobre los Corleone de Mario Puzo, deslumbra precisamente porque está escrita sin aderezos ni circunloquios. Va directamente al grano. Cosa que no impide que, al calor de los hechos, se obtengan conclusiones sobre la sociedad (tema universal), de la que la mafia no es más que el reverso del otro lado del espejo.

Al contrario de otras lecturas sobre el particular (la organización tiene literatura tan hiperbólica como el periodismo), la historia de Talese ni cae en la caricatura (la autoironía de los mafiosos sobre su propia condición, un rasgo posmoderno que en los cincuenta no se estilaba) ni abusa tampoco de la epopeya más negra y sangrienta. Es sobria y certera. Como un dardo en el centro de una diana. Igual que una traición. Tiene la virtud de mostrar (sin juzgar) cómo la vida de los bajos fondos, en realidad bastante ligada a los altos salones, no sólo es el fruto podrido de las conspiraciones extrañas de los malhechores, como al principio pudiera parecer, sino también el resultado de una serie de hechos que marcan del destino (casual) de las personas. En su época hubo quien pensó que éste era un libro favorable a los uomini rispettati (los hombres respetables). No es extraño. ¿Cómo demonios consiguió Talese vencer la inquebrantable regla de la omertá para penetrar en una organización feudal donde la disciplina genética es una exigencia para sobrevivir?

El periodista, que desde los años cincuenta afilaba los dientes como reportero (de infantería) en la Vieja Dama Gris (The New York Times), donde empezó en Deportes y terminó en Local, y que tuvo el coraje de dejar su puesto (la primera división de su oficio) para irse a su casa a hacer desde allí el periodismo en el que creía –en lugar de limitarse a repetirse escribiendo lo que ordenaban sus jefes–, aprovechó una de las principales armas de los cronistas antiguos: la capacidad para escuchar. Una herramienta más que notable, ahora que en periodismo se habla sin parar. Tropezó circunstancialmente con el hijo del patriarca Bonnano cubriendo una vista judicial y, tras ese contacto, se limitó durante años a ejercer una función similar a la de un confesor, aunque sin pasar por el trance de la absolución. Estuvo en el sitio exacto para que el heredero del clan familiar hiciera lo que todos los hombres en algún momento de su vida desean hacer: explicarse.

El personaje (apasionante) de Bill Banana es la clave de bóveda de la historia. La piedra sobre la que se sustenta el tono del relato. Su enorme acierto. La perspectiva exacta. Tratándose de la mafia, parecía cosa imposible ser original. Salvo que, como sucede en Honrarás a tu padre, la historia se cuente desde la semilla. Lo heroico entonces desaparece (quien se crea un héroe es que tiene un grave problema) y lo que emerge es el devenir vital de un hombre que no puede huir de su destino: heredar un mundo agrio y cerrado, casi insular, cuyas raíces residían en otro continente, en otro tiempo, entre otras gentes y que, sin embargo, marcaban su existencia. ¿Se puede escapar de lo que somos? La vida no da siempre una segunda oportunidad. Depende de cuál sea tu apellido.

Los mafiosos –nos enseña Talese– a solas con su conciencia nunca lamentan los crímenes, la violencia, el miedo, las venganzas, el cúmulo oscuro de las eternas guerras civiles por el poder o el dinero, sino la imposibilidad (una vez toman conciencia de cuál será su universo) de superar su propio fatum. La imposibilidad de consumar el anhelo íntimo de redención que todos los pecadores llevamos dentro. Todo es en vano. La vida se convierte entonces en una agónica espera que consiste en dos cosas. Primera: levantarse por la mañana para llegar vivo al atardecer. Segunda: aguardar la noche para volver a ver el amanecer.

Artículo publicado en Diario de Sevilla

[29 Agosto 2011]

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