Todo está permitido

Te despiertas y te encuentras con el vacío. Debes llenarlo. Tienes donde elegir: puedes leer, dejarte caer por el mercado, tomar el sol en un parque sucio, maldecir a los vecinos o preguntarte a quién diablos te toca atracar hoy. La crisis nos ha convertido a todos en asaltantes de caminos: salimos a la calle como tiburones pacíficos en busca de un alimento llamado porvenir que la realidad insiste en negarnos. Es lo propio de estos tiempos mezquinos: los hombres buenos se convierten en santos; los malos, en miserables. Hay gente que incluso vuelve a creer en Dios. Pero nadie puede huir infinitamente del destino ni del tiempo: cuando las cosas se ponen difíciles el índice de la moral propia se relaja, las normas se relativizan y empiezas a ver a esa gente que, mirando al suelo y con cara de beato, te dice que te va a asesinar dentro de un rato, pero que no es nada personal. Ni siquiera son ya negocios, sino supervivencia. O caes tú o los tumban a ellos.

Las crisis económicas acostumbran a vincularse a debacles morales previas. Roma cayó por la corrupción de sus élites, emulada por un pueblo que siempre tiene la forma de una manada. En esto conviene ser marxista: las crisis tienen que ver con el dinero, igual que las guerras. El espíritu y el alma son conceptos culturales que surgen del anhelo de trascendencia, pero en realidad todos estamos presos de nuestras tripas, que son las que nos gobiernan. Seas rico o pobre. A una crisis se le puede echar toda la literatura que se quiera, hacer sociología, predicar los dones de la austeridad, decir –como hizo un arzobispo andaluz– que hay que trabajar por los pobres (no para que no haya más pobres) y repetir el catecismo escolar del falso progresismo, que insiste en que otro mundo es posible pero cuando se trata de sacar la cartera se queda petrificado en el Medievo.

No es tan complicado de entender. Cuando sobreviene una crisis no circula el dinero, lo que, en términos de salud económica (cuestión en la que nunca estaremos neutros, como decía Cervantes), viene a ser igual que la falta la sangre en un brazo o en una pierna. Un miembro sin circulación, antes o después, se convierte en un problema. Por eso se amputa, alegando que es la única solución para evitar un mal mayor. Si se fijan, queridos indígenas, es exactamente lo mismo con lo que nos vienen dando la chapa todos los grandes economistas (a sueldo). Además, es lo que está sucediendo en muchas empresas meridionales, donde la reforma laboral del PP ha sido como el adviento de los patronos.

Nada es ya sagrado: ni el sueldo, ni el puesto, ni el convenio, ni la ropa. Ni siquiera es seguro que amanecerá mañana. Hay, sin embargo, quien no entiende que dejar de pagar implica dejar de exigir. Un caso es la patronal sevillana, que hace unos meses denunció que los empresarios sufrían una campaña de “acoso” por parte de la Inspección de Trabajo, que había iniciado una razzia contra los probos emprendedores. No dudamos de que pudiera ser cierto, pero, la verdad, nos extraña; tanto como que haya vida eterna después de la muerte. En un cuarto de siglo de oficio estable uno no ha tenido la inmensa suerte de contemplar a un inspector de trabajo en persona. Ni siquiera cuando lo ha llamado por escrito. El inspector de trabajo, en realidad, no es más que una ficción. Su existencia no está científicamente demostrada. Por supuesto, teóricamente existen. En algún despacho deben sentarse estos funcionarios encargados de velar día y noche para que la legislación laboral se respete. Pero a la calle durante el último siglo han salido bastante poco, porque en caso contrario las patronales hubieran puesto el grito en el cielo. Como ahora:

–Es que nos acosan, oiga.

–¡Qué barbaridad!

Los inspectores de trabajo no existen 2

No es descartable que el número de inspecciones haya aumentado con esta crisis llena de desmanes. Pero tendrán poco que ver con el respeto a la legislación del trabajo, que se ha reducido a un simple versículo: todo está permitido. También puede que el móvil de estos controles sea el mero interés económico del Estado: multas que se cobran. No dudamos de que lo que denuncian los empresarios sevillanos, que son iguales a los de todos sitios, porque el capital no tiene patria, sólo interés, sea verdad. Pero nos inclinamos más por pensar que lo que en realidad ocurre es que la crisis ha modificado la óptica de los patronos indígenas, que califican de “acoso” lo que no es más que falta de costumbre. Hábito, en realidad.

En el fondo debemos comprender su posición: toda la vida haciendo de su capa un sayo, convirtiendo en letra muerta la ley, encadenando contratos por segundos y trampeando con sus asesores para ahorrarse dinero (costes, los llaman) terminan creando unas costumbres arraigadas que son muy difícil de extirpar. Ya saben: las costumbres indígenas son sagradas. Algo a preservar. En un país donde ver a un inspector de trabajo en una empresa es un milagro, que de repente te pidan en una oficina o en una fábrica los papeles de los trabajadores (aunque cada vez sean menos los que los tengan) es un imperdonable exceso. Y, por supuesto, una terrible dificultad que aboca a las empresas al cierre.

Deberíamos rasgarnos las vestiduras y protestar. No lo haremos. En primer lugar, porque no somos liberales por interés, sino por honda convicción. Y segundo porque no comulgamos (la iglesia no nos lo permitiría) con aquellos que piensan que ser empresario consiste en montar un chiringuito donde pagar es una cuestión tan relativa como el parte meteorológico. Esos tipos que creen que todo debe ser fácil, fluido, que consideran que el camino hacia el triunfo tiene la superficie lisa y alfombrada. Quienes ante cualquier dificultad o error propio culpan a los demás. Para estos personajes cualquier legislación, incluso la inexistente, es un terrible obstáculo, cualquier derecho (ajeno) una tragedia, cualquier nómina un absoluto anacronismo y una empresa que crea en la responsabilidad social una anomalía. Dios nos libre de estos empresarios. Mejor ser pobres que trabajar para ellos.

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