El universo De la Sota

Los arquitectos, salvo excepciones, tienen fama de escribir mal. Al sentarse delante de un papel se convierten en herméticos y recurren a códigos incomprensibles. “Caos e isotropía”, “vacíos intersticiales” y otros hallazgospor el estilo. Por lo general, prefieren el dibujo para expresarse. Como si las palabras fueran un estorbo. Algunos incluso han interiorizado la idea —falsa— de que los supuestos valores inmateriales de la arquitectura —que paradójicamente se construye con formas muy concretas, pero manteniendo siempre la evocación de un sueño encantado— son demasiado complejos para poder encerrarlos en una frase. Como si la sintaxis no permitiera éste y otros milagros. Alejandro de la Sota es una de las benditas anomalías a esta regla. Sus escritos completos (Escritos, conversaciones, conferencias. Editorial Gustavo Gili. Barcelona. 2002) nos descubren a un hombre admirado dentro de su gremio, lo cual ya es un extraordinario logro, y al que podríamos considerar el Le Corbusier hispano.

Era gallego, pero escribía como un norteamericano moderno: directo y conciso. Su prosa —hija de la improvisación— es resultado de un complejo proceso de destilación de ideas, igual que la mayoría de sus proyectos, donde el estilo dominante consiste en no tener estilo: cambiar, probar, arriesgarse y sorprender sin pretenderlo. En estos valores reside la maravilla de su arquitectura, en la que el egocentrismo está completamente ausente. “Hay que hacer arquitectura como quien hace otras cosas, sin hacer de arquitecto”. Su obra más admirada es el edificio del Gobierno Civil de Tarragona, uno de los monumentos (desconocidos) del Movimiento Moderno en España. El diseño es una composición sutil de piezas que desafían a un único eje, apostando por contraponer dos planos distintos: el horizontal, para los espacios burocráticos; y el vertical, para viviendas. Este ejercicio de oposiciones, que tiene sesenta años, sigue fascinando por su versatilidad. Los usos representativos y residenciales cohabitan sin tocarse. “Un edificio”, decía De la Sota, “sólo es hijo de sí mismo”. De nadie más.

Del Gobierno Civil de Tarragona el arquitecto explicó lo siguiente: “Le pregunté a José Luis Sert: ‘¿Un edificio del Estado hecho de mármol está mal? ¿De dónde es el mármol? De Tarragona, se llama borriol. Todo lo que saque usted del suelo y lo ponga encima está bien”. De la Sota hizo caso a Sert: recubrió el exterior con mármol pulido, usó piedra bruñida para los pavimentos y se permitió el alarde de diseñar hasta el mobiliario, incluyendo la genialidad de reservar la mejor pieza —un paralelepípedo pétreo— para que fuera la mesa de trabajo de conserje. Todo un gesto en la España del tardofranquismo. Al mismo tiempo que trabajaba en Tarragona, reformaba el Gimnasio Maravillas de Madrid y alzaba la factoría lechera de Clesa. Tres obras dispares salidas del mismo taller, cuya heterogeneidad también explicaba a la gallega, con un inusual sentido común: “La arquitectura es aquello que te encuentras al resolver problemas. Y no puedes resolverlos todos con el mismo método”.

Construyó poblados de colonización, oficinas de correos, fábricas, aularios —en Sevilla hizo la facultad de Matemáticas, uno de los edificios más incomprendidos de su carrera—, gimnasios y factorías. No fue un arquitecto de catedrales y anfiteatros porque la vida real, que es la materia con la que trabaja un verdadero artista, ya no está en estos templos singulares, sino en las capillas funcionalistas de lo prosaico. Esta intrascendencia trascendentela aplicó también a la enseñanza de la arquitectura, que ejerció con ironía hasta en cuestiones como la incertidumbre profesional ante los concursos —“ser concursero es ser deportista”— y los excesos de divismo: “Nadie echa en falta la arquitectura que no tiene. No hacer arquitectura es el camino para hacerla”. La contención como filosofía es la pauta de otra de sus obras maestras: el poblado de colonos de Esquivel (Alcalá del Río), una reinterpretación moderna de la arquitectura tradicional hecha en los tiempos de la autarquía política (1955).

Esquivel es su Chandigarh, con la diferencia de que sus habitantes, al contrario que los usuarios de la ciudad india de Le Corbusier, lo adoran. También es un ejemplo de cómo la semilla de lo moderno reside (oculta) en la propia tradición. De la Sota, al que le encargaron hacer un pueblo de arquitectura popular, escribe sobre este proyecto: “Viajé por Andalucía​ sin hacer fotografías de detalles ni dibujos, guardando todo en la memoria. Cuando formaba ya parte de mis recuerdos hice [para el proyecto] unos dibujos un poco infantiles, quizá por eso la plaza del pueblo es lo más bonito; sintetizar. Había que tener cabeza para saber qué no podías hacer. En Esquivel hay racionalismo y una atracción singular por la carretera hacia la que mira la fachada del pueblo. Un pueblo no tiene fachada, sino lejanía, silueta. Es como un imán que lo atrae todo hacia sí. En todo esto creo yo que está el espíritu de la arquitectura popular. Hacer arquitectura andaluza hubiera sido una tontería. Hay que pasar mucho tiempo allí para aprender sus valores. Es una arquitectura que no tiene aristas: todo es delicadeza”.

Esquivel es un pueblo utópico, ideal y geométrico cuya trama urbana tiene forma de abanico y al que se accede a través de una plaza abierta al paisaje. Las casas son de un blanco infinito. Las calles, como en el Génesis, eran de tierra. Contiene todos los elementos clásicos de la sobriedad de la pobreza. Pero, al mismo tiempo, es otra cosa: un espacio que huye de la habitual estampa pintoresca. Calles estrechas, casas bajas. Un sitio humano. “Lo importante” —escribe el arquitecto gallego— “no son las preocupaciones arquitectónicas mayores, sino que te encuentres bien con aquello que pensaste. Si es así, seguro que lo que hiciste está bien hecho”. De la Sota era un sabio. Su arquitectura está basada en la duda. Huye de la afirmación. Está concebida desde la humildad, el respeto y la decencia. No son gestas menores para alguien al que le tocó trabajar en una España poblada de sacristías y gobernada por un sinfín de capillas mentales. Él decía que para saber qué es la arquitectura hay que hacer arquitectura. Es cierto. La verdadera seriedad, como escribió el poeta Nicanor Parra, siempre es cómica.

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