El final de la burbuja

Francisco de Quevedo, poeta de todos los géneros posibles, arbitrario señor de la Torre de Juan Abad, escribió hace siglos una frase célebre:

“La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”.

Es cierto. La ley de la gravedad jamás descansa. En Sevilla estamos viendo cómo esta norma científica se cumple sin el más mínimo respeto a la caridad (cristiana, por supuesto) que –dicen– es necesario ejercer para caminar por la vida. Sabido es que en política no abundan la moral ni los principios, sino la conveniencia y el interés. Esperar clemencia de los astros resulta ser una tarea estéril. Los mismos que un día te encumbraron antes o después te harán caer. Acaso sea esto lo que le está sucediendo, probablemente demasiado pronto, a Zoido (Juan Ignacio), que casi veinte meses después de llegar a la Alcaldía acusa una sostenida pérdida de apoyo ciudadano que, salvo que cambie la tendencia durante los próximos meses, puede llegar a desalojarle del poder local y también del cargo de presidente regional de su partido. Cosas más raras se han visto por estos pagos. En ello, de hecho, están ya ocupados algunos, no precisamente anónimos, lo cual es una malísima señal: cuando tus notables no te quieren, la cosa suele acabar o en asesinato o en conspiración. O en ambas cosas.

La situación, aunque bastante previsible, no deja de causar sorpresa. Sobre todo, por su elocuente intensidad. El efecto Zoido, como lo bautizó el habitual coro de monaguillos que exalta –cada vez con menos argumentos ciertos, salvo la devoción religiosa– la figura del alcalde hispalense, parece desinflarse.  Flojear. El primer síntoma objetivo fue la encuesta del IESA, que vino a confirmar que las opciones del PP de llegar algún día a San Telmo se habían marchado (siguiendo la estela de Arenas) sin apiadarse de su heredero forzado. Los socialistas, a pesar de tener que pactar con Izquierda Unida para conservar la Junta, se han recuperado así del bache electoral que estuvo a punto de desalojarlos del poder regional por un motivo idéntico al que precipitó la victoria de Zoido en Sevilla: los extraordinarios deméritos ajenos.

Las consecuencias del sondeo autonómico fueron tan duras que provocaron una operación de despiste: el entorno (así lo llaman algunos) del alcalde empezó a decir a partir de entonces a todo el que quiso oírle que Zoido jamás había tenido en mente aspirar a una hipotética candidatura autonómica. Cambio completo de disco. Hasta ese momento el equipo de Zoido jugaba a la ambivalencia táctica. Ahora el mensaje era muy distinto: Zoido pensaba centrarse en Sevilla, su obsesión. Algo estaba pasando. Estar obsesionado, sin embargo, no es sinónimo de acertar. Sobre todo si el objeto de tu preocupación empieza a no tenerte en cuenta o, algo mucho peor, te visualiza como un problema añadido a los habituales.

La concentración del alcalde en la política municipal de momento sólo ha traído peores noticias: la demoledora encuesta que el Barómetro Socieconómico de Sevilla presentó hace unos días en Antares. No es que este estudio de opinión pública sea materia de fe (aunque con cosas más frágiles que 400 encuestas algunos se montan las más peregrinas teorías) ni que su responsable técnico, el ex consejero Antonio Pascual, que desde hace algún tiempo se dedica (como él mismo ha dicho en una ocasión) a conectar gente, con todo lo que dicha definición implica, tenga las dotes de la célebre Casandra griega, aquella hija de Hércules que enredaba a los hombres y adivinaba sin esfuerzo los desastres del porvenir. No. Pero sus conclusiones consolidan de nuevo la tesis de que la burbuja política que en su momento protagonizó Zoido está en trance de explotar, si es que no lo ha hecho ya sin que muchos lo hayan percibido.

Esto es lo que está sobre la mesa. Muchos ciudadanos empiezan a darse cuenta de que a Monteseirín le ha sucedido un político que (como le ocurría al socialista) sólo piensa en su propia proyección personal. Y cuya capacidad de gestión es más discreta, por no decir inexistente, salvo que se quiera ser piadoso y se considere que los golpecillos de efecto con los que nos deleita cada cierto tiempo forman parte de la política, en lugar del teatro. La mitad de los sevillanos piensan firmemente que la ciudad ha empeorado en el último año. Este juicio va ganando adeptos por días. Ya es mayoría en nueve de los once distritos de Sevilla, incluidos aquellos en los que el respaldo electoral al PP fue mayúsculo. Es de suponer que muchos de los que ahoran tienen esta opinión han considerado en algún momento de los últimos dos años si en su día hicieron lo correcto al prestar su voto al regidor. El problema es que lo hicieron a plazo fijo: invirtieron en Zoido como si su candidatura fuera una de las famosas preferentes (imposiciones a plazo fijo que los bancos no devuelven a sus clientes). No podrán recuperar la confianza otorgada en su lista electoral hasta dentro de dos años. Es lo que hay.

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Por supuesto, no todo el mundo opina lo mismo. Lógico. Hay quien por interés, o previo cobro, busca con desesperación algún dato presentable en la encuesta al que poder agarrarse para justificar los largos meses de devoción (mariana) en favor del alcalde. Vano afán: el sondeo apenas si deja margen para salvar los muebles a un gobierno municipal que, excepto desmontar la herencia previa que todavía podía sostenerse (la otra se derrumbó por sí misma), no hace más que exculparse como un antiguo escolar delante de un profesor por las promesas fallidas, las palabras hueras y el prestigio perdido. Por mucho que busquen, nada encontrarán. Nunca lo hubo. Inventarse lo que no existe no es un ejercicio de justicia, sino una impostura. Venga de donde venga. Otros, más hábiles, han señalado tras ver el sondeo de opinión de Antares que las razones del desgaste de Zoido en el ámbito regional y local no son en justicia consecuencia de su gestión, sino resultado del deterioro general de la clase política por las medidas de ajuste impulsadas por el Gobierno central. Parece una opción más inteligente.

Es cierto: la gente no está contenta ni con lo que se está haciendo ni con cómo se está haciendo. Ni en España ni en Sevilla. Tampoco en Andalucía, por mucho que la coalición PSOE-IU derive todas las responsabilidades en dirección a Madrid. Este factor, en todo caso, no debe hacer olvidar que muchos alcaldes, en situaciones similares, han sido capaces de sobrevivir a estas envolventes políticas (fruto del contexto en el que tienen que gobernar sus municipios) y perdurar. No parece ser el caso de Zoido, que ha tenido la ocurrencia de tildar de “electoralistas” los resultados del estudio de Antares; cosa llamativa viniendo de un gobernante que no gobierna, sino que es un candidato perpetuo a cualquier cosa. Un sencillo argumento derrumba este posible atenuante: el barómetro socioeconómico registra un alto porcentaje de oposición a determinadas decisiones de ámbito municipal, como la muerte del CaixaForum de las Atarazanas o el cierre de Isla Mágica. En ambos casos la figura del alcalde se ve en aprietos. El final de la burbuja Zoido no parece pues un efecto derivado de la escena política nacional, sino el fruto maduro de una agenda política errónea, caprichosa e insustancial que sólo se ha centrado en las apariencias, sin corregir (ni intentarlo) la esencia de las cosas.

De cualquier forma, si realmente pesasen más los factores exógenos que la gestión local se trataría de una cuestión secundaria: el desgaste del alcalde es demasiado intenso para haber pasado apenas dos años de mandato. Si se tiene en cuenta el tiempo de trayecto que queda hasta las próximas elecciones locales (dos años) el panorama venidero se antoja terrible. Los recortes van a continuar durante dos ejercicios más. El plan enviado a Bruselas por el Gobierno central lo explica sin anestesia. El parte meteorológico sólo pronostica tempestades: tijeretazos, ajustes, subidas de impuestos, encarecimiento (tributario) de la existencia y más paro, que ya es el problema esencial de las clases medias. El terror a perder el empleo afectaba hace un año al 56% de los sevillanos. Ahora preocupa al 80%. Con estos ingredientes la imagen de Zoido seguirá debilitándose, al ser el principal referente de las políticas del PP en Sevilla. Todo esto sin tener en cuenta lo que pasará cuando empiece a aplicarse el programa de ajuste en el Ayuntamiento y determinados servicios públicos, históricamente deficientes, empeoren o desaparezcan

El mandato político del regidor ha consumido ya la mitad del tiempo que le fue asignado. Tiene un año hábil para darle la vuelta a la situación, porque los doce meses previos a las elecciones se consumen en las famosas labores de propaganda. En el tiempo hasta ahora transcurrido el alcalde no ha logrado avances significativos en casi ninguna de las cuestiones (urbanas y sociales) que prometió. La confianza que tenía a su disposición ha sido malgastada en asuntos superficiales: medidas accesorias, protocolo y preocupantes gestos de revancha. También en cultivar un agitprop tan conservador como ridículo. A este paso, las elecciones pueden cogerle con la brocha en la mano. Por supuesto, puede seguir diciendo que toda la culpa del fracaso la tienen los demás. Entra dentro del guión que todos los días leemos en los periódicos o en las redes sociales, donde el argumentario oficial es reproducido por un sinfín de personalidades múltiples (y virtuales) que sólo conducen al mismo sitio. A la misma persona.

Cuestión diferente es que alguien se crea este cuento dentro de veinticuatro meses. La historia oficial no funciona: su argumento maestro está gastado. Lo que le está pasando a Zoido, y lo que puede terminar consumándose dentro de no demasiados meses, ya lo dijo hace mucho tiempo Quevedo, cuyas extraordinarias dotes políticas eran fruto de su experiencia como conseguidor para el duque de Osuna en el virreinato de Nápoles. La frase tiene casi la edad de los siglos. Las palabras justas. Sabiamente elegidas:

“El mayor despeñadero de un hombre siempre es la confianza”.

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