Contemplar cómo el sol se pone sobre el mar a la hora del crepúsculo es una experiencia fascinante, en buena medida debido a su efímera belleza, pero no siempre se repara por completo en que este colosal espectáculo de la naturaleza, igual que las obras de teatro, las novelas o los poemas, como cualquier viaje verdadero, tiene un final definitivo. Nada es más difícil para un ser humano, acaso por aquello que dijera Spinoza sobre la perseverancia y la obstinación del hombre en garantizarse su supervivencia, que soportar el tiempo de espera que nos aproxima, sin quererlo, cada día a la muerte. Muchas veces este tránsito está lleno de dolor. Otras aparece cargado de una irremediable melancolía: el tiempo vivido, las horas desperdiciadas, la imposibilidad (deseante) de dar marcha atrás al reloj de arena, antes de que la simetría cósmica –todo empieza y todo acaba– desmienta cada uno de nuestros anhelos. Más raro todavía es pasar el otoño de nuestra vida consciente con sentido del humor, haciendo burla y hasta escarnio de nosotros mismos.
Las Disidencias en Letra Global.

