América perdida

Cuesta respirar. El oxígeno es un bien tan preciado como inexistente. A más de 3.500 metros de altura, donde algunos creen que reside uno de los atributos de la pureza, la vida se hace mucho más sencilla y simple: la felicidad consiste en respirar, sentir que el estómago está quieto en su sitio y poder caminar sin ahogarse a cada paso. Una gesta épica. El paraíso no es un lugar, sino la victoria de sobrevivir a las trampas que te tiende tu propio cuerpo. Al contrario de lo que ocurre en las regiones selváticas, que en la joven república del Perú ocupan buena parte del territorio situado al Norte, los Andes tienen una belleza más pura que no deja de ser –a su manera– agreste.

El viajero sin mapas ha optado por trastocar los planes iniciales, entre otras cosas porque siempre pensó que los mejores viajes son aquellos que se hacen sin rumbo y sin prisas, como quien camina y duerme al raso. Sólo así puede llegarse sin proponérselo al ombligo del mundo: el Cuzco, una ciudad que es como una vasija de barro. Hecha de tierra milenaria, de adobe y paja mezclados con excrementos, pues nada había más a mano como para lograr hacer una mezcla mínimamente sólida con la que construir un ladrillo. Siempre fue así, desde el principio de los tiempos, antes de la historia: las casas se construyen con los restos de la naturaleza nos lega.

La ciudad andina es un hogar severo. Lo fue primero para el Inca Garcilaso. También después para el escritor José María Arguedas, que se suicidó al no poder superar la distancia existente entre los dos mundos que se superponen en sus calles: el mítico reino inca y la civilización occidental, introducida en el antiguo virreinato por los españoles. El viento golpea la cabeza del viajero y seca los fluidos de los orificios de su cuerpo: boca, nariz, ojos. Líquidos yertos. Viene desde Lima, la ciudad horrible, donde el aire es agua y las playas una erupción de niebla y espanto, con la visión del mar más siniestra e hipnótica que contemplarse pueda. El centro del universo inca es su destino y, al mismo tiempo, una encrucijada menor. Un sitio de paso.

cuzco

Su verdadero objetivo es coger un tren de amanecida, casi de noche. El viajero está ya en el andén. Sube a la máquina, se sienta y espera. Contempla el lento ascenso en zig-zag del monstruo de hierro, escalando lento, casi por un tiempo eterno, por los cerros terrosos. Intenta dormir, pero se despierta. Las vías surcan parejas el curso del Urabamba y, en la estación término, al borde mismo de la selva, aparece por fin la montaña milagrosa. Baja del tren, busca la boletería destartalada y, tras comprar el pasaje, agarra un autobús escolar destartalado –Aguascalientes– que lo lleva directamente a la cima de la ciudadela vacía.

Cuando llegó Pizarro, el templo del universo ya estaba así: deshabitado. Quizás sus habitantes huyeron por la línea sagrada del río, valle abajo. O también puede ser que se los tragara la selva. Las dos opciones parecen posibles desde la cima, donde el viajero se sienta con un poemario de Neruda –Alturas de Macchu Picchu– y lee después de pasar un rosario de estaciones intermedias: Pisac, Chíchero, Ollataytambo, Pucara, Titicaca, las islas flotantes hechas de juncos húmedos, Arequipa, la Sevilla del otro lado del océano, con los mismos conventos-ciudad que en su hermana de ultramar. Es la felicidad.

El camino del viajero ha sido generoso en regalos pasajeros: le ha permitido ver el desierto, mirar a los ojos muertos de viejas momias indias, congeladas en la cúspide fría y olvidada de un monte, y asustarse en el barranco del cañón del Colca, donde los cóndores pueden morderte si quieren. Ahora descansa sobre la hierba. Ha visto todas las maravillas de un mundo extraño, antiguo y puro, que le devuelve por un momento al instante cósmico en el que nació, probablemente bajo otro nombre y con un destino distinto. Una vida que ya no recuerda. Pero que sigue agazapada en un rincón del alma que todavía lo habita.

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