Es sabido, desde los tiempos de Aristóteles, que aquel que presume de ser amigo de todo el mundo termina por no ser amigo de nadie. A veces, ni de sí mismo. La amistad, elogiada como un regalo desinteresado por los ingenuos, no difiere en exceso del amor: es como una ópera que, tras la obertura y el primer acto, se convierte en un teatro en el que las relaciones se presentan como sinceras –a veces lo son– pero no tienen necesariamente que serlo para siempre, ni durar una eternidad, de igual forma que el mandato matrimonial tradicional por antonomasia –“Hasta que la muerte os separe”– acostumbra a expirar mucho antes, con independencia de las veces que uno pise un altar o acuda al juzgado civil. Acaso la mejor muestra de una verdadera amistad es la que dejó dicha Wilde (Óscar): “Un verdadero amigo es aquel que te apuñala por delante”. No diremos que sea agradable, pero es indudable que se trata de un acto valiente, franco y sincero. Por eso nadie podrá desmentir que entre Monsieur Voltaire, el filósofo más fascinante de la Ilustración, y Su Alteza Federico II de Prusia –cuyo epíteto épico era El Grande–, existió una indiscutible hermandad.
Las Disidencias en Letra Global.


