Tienen razón, y al mismo tiempo yerran, quienes piensan, en su infinita candidez o debido a su inexperiencia, que el nuevo frente de guerra y desgaste abierto desde la Moncloa para intentar alargar todo lo posible esta legislatura, que nació por obscenos intereses fenicios y, el día que acabe, nos dejará como herencia un deterioro institucional mayúsculo y duradero, puede apaciguarse o apagarse con un bondadoso proceso de evangelización que explique a los ateos las ventajas de creer en Dios. Cuando Salvador Illa, cuya investidura salió adelante a cambio de que el PSC asumiera una parte notable de la agenda independentista y la administrase, en su condición de regente, hasta que vuelva a asomar por el horizonte el luminoso sol de la patria –por supuesto imaginaria– y acontezca esa misa sacra en la que el poder retornará de forma natural a manos de quien siempre ha encarnado el poder, nos explicó que, como cristiano, creía en la trascendencia, nadie podía imaginarse que la política iba a convertirse en una sesión (insoportable) de catequesis.
Los Aguafuertes en Crónica Global.

