En tierra de nadie

Los periodistas con formación y vocación literaria –que no son todos– siempre sueñan con esa quimera que se llama novela. Ambicionan dar el salto desde la división alimenticia (cada vez menos) del periodismo cotidiano al supuesto rango de oro de la literatura comercial, la gran narrativa con mayúsculas, que sigue teniendo la forma suprema del libro en papel. Esta maldición, que es como otra cualquiera, tiene una larga tradición al menos desde el siglo XIX. A Dickens y a otros muchos escritores realistas europeos y americanos las novelas que publicaron, enteras o por entregas, les permitieron mejorar, reformar y sublimar muchos de sus caprichos o incursiones periodísticas.

Después de los decimonónicos esta estirpe maldita y habitual del periodista que escribe (literatura) se convirtió en una meta casi permanente: García Márquez, Vargas Llosa y otros nombres más de latitudes dispersas fueron escritores en ciernes que cambiaron la voracidad de la actualidad –el cáncer que devora nuestra vida, hubiera dicho Henry Miller– por el reposo de la prosa lenta y el tiempo largo de la novela. Muchos fracasaron en este tránsito. Otros se consagraron definitivamente como voces propias.

El salto, en todo caso, con frecuencia es inevitable. Sobre todo si la razón por la cual se eligió el periodismo como oficio es la literatura, un caso tan extendido que antes resultaba ser la condena habitual de los antiguos jefes de redacción, que siempre pedían hechos en lugar de adjetivos a sus reporteros. Entre los escritores menores del periodismo suelen predominar dos razas diferentes: los que se metieron en las redacciones para aprender cómo hacer literatura y aquellos que lo hicieron para figurar, generalmente en las lides políticas o económicas. No son casos antagónicos, aunque sean muy escasos los ejemplos de la extraordinaria versatilidad que consiste en jugar en ambos campos.

Del periodismo a la novela

El periodista/escritor estuvo durante un tiempo de moda. Antes la figura en boga era el periodista/dramaturgo, quizás porque el teatro era lo único que daba fama y dinero en la España de los Siglos de Oro y posteriores. También gozaron de cierto predicamento, sobre todo durante los años del tardofranquismo y la Santa Transición, los periodistas-abogados, que vinieron a sustituir a los clásicos periodistas-profesores, nunca demasiado valorados. Como el periodismo no ha dado nunca para vivir decentemente, y ya no parece que vaya a hacerlo más, siempre había que ser otra cosa distinta además de gacetillero. A las editoriales esta coyunda entre periodismo y literatura todavía les gusta, sobre todo si sales en televisión, cosa que abarata mucho los costes de promoción de un libro. A los jurados de los grandes premios literarios –esto es, lógicamente, un decir– también les entusiasma esta misma asociación de opuestos.

Salvo el Nadal, que ha sido el único premio que resistió al encantamiento durante una larga etapa, todos los demás galardones confian sus ventas a la caza de una cara conocida antes que a una literatura sólida. Un caso concreto fue el de Félix Bayón, excelente periodista que resultó un novelista fallido. Escribió una novela correcta –que es lo peor que se puede decir de un libro– y quedó finalista del Nadal justo el mismo año que lo ganó Ignacio Carrión, entonces otro periodista con predicamento en la prensa independiente de la mañana.

Para un periodista este tránsito hacia lo literario está lleno de riesgos: la construcción de los personajes es una tarea propia de un escultor y el diseño de las tramas no responde a ninguna de las reglas del oficio periodístico, donde lo lineal sigue siendo la pauta maestra. El único remedio para evitar el fracaso en esta travesía entre el periódico y el libro es la lectura omnívora. El escritor/periodista tiene que aprovechar la sabiduría adquirida en el oficio –la disciplina de ponerse delante del folio– y olvidarse inmediatamente de lo que es para centrarse en lo que quiere ser. Se debe volver a empezar desde cero. No es nada fácil. Pero es una sublime aventura en la que no hay que tener miedo a fracasar, sino sencillamente a no intentarlo.

Variaciones sobre un texto publicado en El Correo de Andalucía

[10 marzo 1995]

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