Nadie ha definido mejor la diplomacia, que puede ser tanto un arte como una calamidad, como Balzac, que la describió como “la ciencia de aquellos que no tienen ninguna y que son profundos como el vacío”. El enunciado del gran novelista francés casa como un guante con el perfil público de José Manuel Albares (Madrid, 1972), ministro menguante y canciller bochornoso que, según reveló esta semana su amo en el Congreso, llamó a consultas a finales de agosto de forma clandestina a Karima Benyaich, la embajadora de Marruecos en España –a cuentas de la soberanía de Ceuta– y no se lo contó a nadie, mientras desde la ocupación de la ciudad española en África aireó –por tierra, mar, aire y redes sociales– su enfado por la protesta de Italia, que era también la de la mayoría de los países de la UE. La noticia es insólita, pero no podemos decir que sea sorprendente. La gestión del titular de Exteriores, desde que accedió al cargo hace cinco años, en sustitución de Arancha González Laya, destituida para contentar a Marruecos, se caracteriza por el servilismo al sanchismo y el manejo de la política exterior en función de los intereses, cambiantes y caprichosos, de la Moncloa.
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