“A los cincuenta años cada uno tiene la cara exacta que se merece”. George Orwell, el escritor que, sin duda, mejor ha descrito nuestro presente (desde el pasado), anotó esta frase el 17 de abril de 1949 en un cuaderno durante su convalecencia en el sanatorio de Cranham. Menos de un año después, sin cumplir la fecha de su propio augurio, estaba muerto. Tuberculosis. ¿Qué quiso decir con esta reflexión? Que todas las vivencias, emociones y reacciones a los sucesos que nos depara la vida terminan fijándose, igual que hace un arado de madera al abrir surcos en la tierra, en nuestro rostro. Salvador Illa (La Roca del Vallés, 1966), exministro de Sanidad con Pedro Sánchez durante la pandemia y presidente de la Generalitat por la mínima, merced al apoyo (fenicio) de ERC y de los Comunes, tiene la cara de quien, sin hablar, parece decir lo mismo a todo el mundo: “Yo no he sido”. El suyo es un rostro en apariencia inofensivo, que parece expresar una disculpa continua o rogar la comprensión de todo aquel que se le acerca. Hay quien afirma que es un tipo afable y pacífico. Puede ser.
El Bestiarium en The Objective.
