De mayor, Álvaro Cunqueiro Mora (1911-1981) tenía un vago aspecto de obispo. Era alto y obeso, tenía buen saque y ejerció, junto a su admirado Néstor Luján, como dedicado crítico gastronómico. Mostraba un rostro condescendiente ante los pecados de la carne y el espíritu, quizás porque él mismo los había conocido en primerísima persona en una vida anterior, igual que Agustín de Hipona, que sin embargo alcanzaría la santidad. De rapaz –como diría él mismo en su lengua materna, que usó, sobre todo, para escribir poesía–, se asemejaba mucho a un seminarista. El hábito no siempre hace al monje, pero lo contribuye. Aunque en el caso concreto de Cunqueiro, que vino al mundo con un primer apellido expresivo e inolvidable, pero al que quiso añadir tras el nomen maternola ilustre gens de los Montenegro –segundo apellido de su padre y muestra de su lejano parentesco con los Valle-Inclán–, no está muy claro si la devoción literaria antecedió a la vida o sucedió lo contrario. Cunqueiro, conviene aclararlo desde el principio, inventó a Cunqueiro. Quiere decirse que su mayor creación (artística) fue él mismo, hasta el punto de que no puede desligarse su persona de su máscara. Ambas son una.
Las Disidencias en Letra Global.

