“Me recreo en la idea de que pronto, alguna vez, el hombre se sienta hastiado de la lectura, y también de los escritores, que el erudito un día reflexione, haga su testamento y ordene que se queme su cadáver en medio de todos los libros, sobre todo sus propios escritos (…) ¿No llegará la época de tratar las bibliotecas como leña, pasto y broza? La mayoría de los libros, en verdad, ha nacido del humo y del vapor de las cabezas: pues así volverán a ser humo y vapor. Y si no tenían fuego en su interior, ¡que el fuego los castigue! De modo que sería posible que en un siglo futuro nuestra época se tuviera por un saeculum obscurum”. Parece una profecía y, en efecto, lo es. Del mismo modo que, en cierto sentido, también es un retrato (por anticipado) de la sociedad digital en la que habitamos –un lugar donde nos espían sin cesar y los mecanismos de control sobre nuestra intimidad son absolutos– y en la que el objeto que simboliza la venerable cultura ilustrada (el libro) es considerado un artefacto arqueológico, salvo que se use como regalo, igual que un pañuelo de boutique. Vivimos una Nueva Edad Media Tecnológica.
Las Disidencias en Letra Global.





