Una de las patologías indígenas más intensas es el síndrome de la pandilla. Dícese de ese mal, tan frecuente entre algunos sevillanos, para los que el cuerpo familiar y núcleo de seres afines es una unidad de destino en lo universal, la forma suprema de articulación de intereses. En la República Meridional, desde los entierros a las cruzadas, pasando por las bodas, los bautizos, las comuniones, los quinarios, las funciones principales de instituto o hechos tan vulgares como pedir cita en el médico o ir un abogado, todo procura hacerse en comandita; gracias a los célebres contactos, que es una forma de autoafirmación tan divertida como insegura. Lo de menos es que estos consorcios (de intereses) tengan cohesión interna: los miembros de una pandilla de sevillanos, partidarios de cualquier cosa que les sirva para lucir sus aspiraciones de vanidad, pasarán por alto las cuestiones éticas y los argumentos racionales si ven que sus empresas cuentan con el sustento de la tribu. Esto explica muchos de los elementos cruzados que concurren en la interminable guerra de las Atarazanas, un conflicto donde lo que se dirime es una batalla –a muerte– entre los intereses de la tribu y el talento individual.
La Noria
El ‘fake’ de las Ciudades Magallánicas
- Dos exdirectivos de la Fundación Atarazanas registraron la entidad en favor de la Primera Vuelta al Mundo con unos estatutos ilegales no avalados por el Pleno del Ayuntamiento.
- Núñez y Crespo, en virtud de estos estatutos particulares, se nombraron socios numerarios, atribuyéndose la gestión económica de la Red, que recibe 144.000 euros de las arcas públicas.
- El gobierno de Espadas decide condicionar su permanencia en la asociación a una “reformulación” de los estatutos que elimine las atribuciones que ejercen Núñez y Crespo.
La Red de Ciudades Magallánicas, asociación constituida por las urbes que forman parte de la ruta de la Primera Vuelta al Mundo, es un fake. Un engaño. Un negocio particular cuyo interés público está desde hace meses en cuestión. El Pleno del Ayuntamiento de Sevilla, principal sostén institucional de esta entidad, discutirá mañana una propuesta de acuerdo del gobierno local merced al cual la capital hispalense, cuna de la gesta magallánica, supedita su permanencia dentro de esta institución a la modificación de sus estatutos, que, según un informe jurídico de la Secretaría Municipal, incurren en una clara contradicción con la ley de asociaciones. Es la salida jurídica que ha encontrado la Alcaldía para poner remedio, casi dos años después, a la estafa consentida por el anterior regidor, Juan Ignacio Zoido (PP), que decidió embarcar a Sevilla en este proyecto promovido a título particular, y con un evidente afán lucrativo, por dos de los expresidentes de la Fundación Atarazanas, José Manuel Núñez de la Fuente y Rafael Crespo, que se nombraron a sí mismos cargos ejecutivos permanentes de una entidad que recibe cada año un mínimo de 144.000 euros de las arcas públicas.
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Final de trayecto #2
Los adioses están sobrevalorados. Tienen demasiada buena prensa. Despedirse es un acto de vanidad más que una señal de buena educación, porque quien lo hace da por supuesto que al mundo -los demás- le interesa saber, y puede que incluso lamenten, nuestro tránsito o cambio de estado. Siempre he pensado lo contrario: al mundo le importa un higo lo que nos pase, si salimos o entramos, si escribimos con libertad o bajo el yugo de los señoritos de la marisma meridional. La vida gira todos los días. Todos. Con o sin nosotros. Unas veces estamos arriba, oteando el panorama desde las alturas; otras descendemos a la planta baja, donde debemos arrastrar los pies como almas en vela. La existencia es así: rotunda e ingrata. El tranvía de los sueños de juventud se detiene siempre en la misma esquina secundaria y, cuando te bajas, descubres que envejecer consiste en seguir el trayecto a pie, en dirección hacia un horizonte que no termina de llegar nunca.
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Juego de máscaras
Nunca es tarde si la dicha es buena, pero reconocer una evidencia, más que una virtud, a veces resulta obligado: no se puede disimular indefinidamente. Nuestro alcalde, Juan Espadas, tras más de un año en el cargo, y en pleno periodo electoral, momento en el que los políticos indígenas suelen darse a la autoindulgencia sin contención, ha admitido que «la imagen de la Policía Local no es satisfactoria», verbalizando así lo que todos sabemos desde hace lustros. Reparen ustedes, sin embargo, en los matices: el regidor admite que lo que no pasa por su mejor momento es «la imagen», no tanto la policía; lo cual reduce la cuestión a un juego de máscaras al acotar el problema al ámbito de la comunicación -la propaganda- para alejarlo de la gravedad de ciertas prácticas vigentes en el cuerpo local de seguridad.
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Los pies sin suelo
Sevilla tiene una extraña fascinación, casi diríamos que una obsesión, con las barreras. No sólo en términos mentales, sino estrictamente físicos. En esta ciudad hay vallas por todas partes: olvidadas, abandonadas, de distintos colores y tamaños; reutilizadas a capricho según las necesidades de los operarios de carga y descarga, los camareros y los albañiles, que son los que mandan en esta ciudad donde la Policía Local, salvo excepciones, no sale del coche. Te encuentras vallas al caminar por calles secundarias, en las obras a medio hacer, en las esquinas por las que en algún momento ha pasado -o va a pasar- una cofradía y una cruz de mayo y, por supuesto, en el espacio común que ocupan ilegalmente los hosteleros sevillanos, cuya condición europea ponemos seriamente en duda.
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